Septiembre 21, 2017
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Nuestras Constituciones

INSTITUTO DE VIDA CONSAGRADA
 
DISCÍPULOS  DE JESÚS
 
CONSTITUCIONES

Constituciones corregidas por el capitulo general celebrada en Agosto del 2001 en proceso de revisión por parte del Arzobispado de San Luis Potosí
 
CAPÍTULO  I     CONSTITUCIÓN FUNDAMENTAL

ART. 1   ORIGEN   

1.      La Hermandad Discípulos de Jesús surge en la ciudad de San Luis Potosí, S.L.P. México, en la Iglesia y para la Iglesia, por un Don especial del Espíritu Santo dado a un grupo de Hermanos presididos por Fr. Pablo Cárdenas Cantú, ofm en el ambiente de la Renovación Carismática y de las Comunidades de Alianza, para responder a la necesidad de la Nueva Evangelización.

2.      En  1975 en un grupo de jóvenes nace el deseo de la Vida Consagrada. Comenzaron a vivir en común para estudiar la Palabra de Dios, orar  y evangelizar con la visión de ser pueblo consagrado.

3.      Esta búsqueda de la Vida Consagrada fue pasando por distintas etapas, hasta que con el consentimiento de Sr. Obispo de San Luis Potosí Dn. Ezequiel Perea Sánchez, el 15 de Agosto de 1984, después de un tiempo de oración y estudio Fr. Pablo Cárdenas convocó a un grupo de hermanos a realizar un primer compromiso, los cuales respondieron con una Alianza, por la que expresaron su entrega a Dios y asumieron la vida fraterna.  

4.      Después de un período de formación, de intensa vida de oración, fraternidad y apostolado, consintiendo a la gracia vocacional un grupo de jóvenes hicieron su entrega a Dios por la profesión privada perpetua de los consejos evangélicos en la solemnidad de Pentecostés, el 18 de mayo de 1986. Fecha que consideramos de fundación formal del Instituto.

5.      El Excmo. Sr. D. Arturo A. Szymanski Ramírez, nos dio el Decreto de aprobación como Asociación Pública de Fieles, con el deseo de que pronto lleguemos  a ser una Congregación Religiosa[1];  en la festividad de San José, el 19 de marzo de 1993.  

6.      Ser Discípulos de Jesús es nuestro especial carisma en la Iglesia.  

ART. 2   NATURALEZA DE ESTE INSTITUTO

1.      La Hermandad Discípulos de Jesús somos un Instituto religioso clerical[2] de vida consagrada a Dios, que al impulso del Espíritu Santo ha surgido en la Iglesia y para la Iglesia, bajo la autoridad del Papa y los Obispos. Dentro de la Hermandad se da tanto la consagración clerical como laical.

2.  Los fieles cristianos que movidos por  el Espíritu Santo ingresamos a esta Hermandad nos ofrecemos para ser consagrados totalmente a Dios como Discípulos de Jesús, imitándolo en su virginidad, su pobreza y su obediencia, con el  deseo de vivir más plenamente el amor a Dios y al prójimo y  poder servir con mayor dedicación a la Iglesia y contribuir a la salvación del mundo.  De esta manera, vivimos más profundamente el misterio de la Iglesia y preanunciamos su  gloria venidera.

3.  El fundamento evangélico de nuestra consagración se basa en la especial relación que Jesús establece con sus discípulos invitando a algunos no sólo a acoger el Reino en su  persona, sino a poner toda su existencia al servicio de esta causa, dejándolo todo  para  seguirlo imitando su misma forma de vida[3].

4.  Los miembros de esta Hermandad vivimos, como Jesús y sus discípulos, vida fraterna en común promoviendo todo aquello que la favorezca y evitando  todo lo que es incompatible con ella.

5.  En esta Hermandad los religiosos que han hecho su profesión perpetua pueden recibir el ministerio de presbíteros mediante el sacramento del orden, cumpliendo previamente lo señalado por el Derecho universal.

ART. 3   CARISMA

1.      El texto bíblico con el que nos identificamos es:

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Lc. 4,18-19

2.      En la lectura espiritual de este texto y en general de todo el Nuevo Testamento, así como en la oración y en la experiencia práctica, hemos encontrado nuestro Carisma, es decir, el don y la llamada que constantemente recibimos del Espíritu Santo:

“Seguimos e imitamos  a Jesús, como nuestro único Maestro y Señor que ungido e impulsado por el Espíritu Santo realiza la obra del Padre”[4]: evangelizar, discipular y formar la comunidad cristiana.

3.      Como el Espíritu Santo ungió a Jesús para realizar la obra del Padre, de la misma manera, el Espíritu Santo suscita esta Hermandad, nos unge e impulsa para que unidos a Cristo y a nuestros hermanos, realicemos la obra de Dios: evangelizar, discipular y apoyar la formación de comunidades cristianas con espiritualidad de la Alianza, para experimentar con fuerza la realidad de ser Pueblo de Dios[5].

ART. 4   IDENTIDAD DEL DISCÍPULO

1.      Ser discípulos de Jesús es ponernos voluntariamente bajo su dirección; es hacer nuestros sus ideales, sus enseñanzas, su forma de vida, su Espíritu.

2.      Ser discípulos es estar con nuestro Maestro, es conocerlo, escucharlo de manera permanente, seguirlo, imitarlo, es querer ser y actuar como Él; es permanecer vitalmente adheridos a la Persona viva y real de Cristo que nos habita y nos vivifica desde el interior, es vivir conscientes de su presencia en nosotros y entre nosotros; es decidirnos a compartir su destino, su cruz, su cáliz, su Reino, su Gloria.

3.      Ser discípulos de Jesús es ser discípulos de Dios, es ser guiados por su Espíritu. Dios habla a través de su Hijo. Jesús es la Palabra, la sabiduría de Dios encarnada, manifestada.

4.      Como Discípulos tenemos la tarea de hacer discípulos no para nosotros mismos, sino para Jesús que es el único Maestro y Señor.

ART. 5       MISIÓN

1.      La Hermandad  Discípulos de Jesús quiere ser un camino de santificación e instrumento de salvación respondiendo
  al Maestro que nos llama a estar con Él y nos envía a extender su Reino[6].

2.      Por esta razón nuestra Misión tiene dos vertientes: la configuración con Cristo (ser) y, el quehacer en la Iglesia y para el mundo.

La configuración con Cristo.

3.      Como Discípulos de Jesús, deseamos ser configurados en todo con nuestro Maestro por el Espíritu Santo para glorificar al Padre[7].

4.      La voluntad del Padre es regenerar, reordenar,  restaurar todo en Cristo; que todo sea gobernado por Cristo y vivificado por su Espíritu, que participemos para siempre de su vida divina y seamos alabanza de su gloria[8].

5.      Para responder a la Revelación y quedar integrados dentro del proyecto salvador del  Padre acogemos plenamente a Jesucristo reconociéndolo como nuestro único Señor y Maestro; así se cumple en nosotros el proyecto salvador del Padre y entramos en su Reino.

6.      Al quedar incorporados a Cristo y ser uno con Él, participamos de su consagración, de su filiación, de su fraternidad. Cristo viene a ser todo para nosotros: nuestra salvación, nuestra santidad, nuestra vida.

7.      En nuestra Hermandad la oración, la enseñanza, la disciplina, el cuidado pastoral, la vida fraterna, el apostolado, todo, debe ordenarse a lograr esta plena configuración con Cristo en todas sus dimensiones[9].

Nuestro quehacer en la Iglesia.

8.      Nuestra Misión en la Iglesia en Cristo y desde Cristo y bajo la unción de su Espíritu es: evangelizar, discipular y formar comunidades cristianas[10] con espiritualidad de la Alianza, de acuerdo con el modelo bíblico[11] y el Magisterio de la Iglesia[12]

9.      Siendo dóciles al Espíritu Santo e integrándonos  en los planes pastorales diocesanos, queremos colaborar en la Misión de la Iglesia a través de la vivencia del Carisma y Misión de la Hermandad.

10.  La finalidad en nuestro apostolado es suscitar la fe en Jesucristo para que creyendo se tenga vida en su nombre[13].

11.  En nuestro trabajo pastoral nos esforzaremos por establecer el REINO, es decir, que Jesús sea amado, reconocido y honrado como SEÑOR  de todo cuanto existe.

12.  Tendremos un gran amor a la IGLESIA, pidiendo al Espíritu Santo que actúe en nosotros y a través de nosotros para ser capaces de colaborar en la renovación, unidad y fortalecimiento de la misma.

13.  Impulsaremos la formación de la COMUNIDAD CRISTIANA[14].

14.  En síntesis, nuestra Misión es: configurarnos con Jesucristo para gloria del Padre, colaborar con el Espíritu Santo en la extensión del Reino de Cristo, apoyar a nuestros Pastores en el fortalecimiento y renovación de la Iglesia, trabajar por la formación de comunidades cristianas.

15.  Para decirlo con una sola palabra: Nuestro objetivo, finalidad y misión es JESUCRISTO.  

ART. 6       PROYECTO DE VIDA  

1.      El Proyecto que Dios Padre nos da ha conocer es Jesucristo. Para permanecer en Cristo y ser configurados con Él por el Espíritu, deseamos ser:

2.      HOMBRES DE ORACIÓN, de intensa vida litúrgica y sacramental, que vivamos en comunión con Cristo y en Él y por Él con el Padre. Como familia de Dios tenemos a la Virgen María como nuestra madre espiritual. En comunión con María y todos los santos deseamos aprovechar todos los medios que el Señor nos da para vivir en el Espíritu.  

3.      HOMBRES DE LA PALABRA. El mismo Espíritu hace que la podamos entender, vivir y transmitir, siempre en comunión con toda la Iglesia y en fidelidad a su Tradición y Magisterio.

4.      HOMBRES DE FRATERNIDAD, que deseamos relacionarnos en el amor, en la verdad, en la lealtad y en la rectitud. En Cristo somos hijos amados del Padre y verdaderos hermanos, participantes de un mismo Espíritu.

5.      Nuestra fuerza nos viene de la Alianza con Dios y de unos con otros, de esta manera podemos perseverar en el proceso de conversión, abiertos al Espíritu Santo y a sus carismas, en una actitud de servicio y fraternidad, de tal modo que Jesús sea cada ves más el Señor de cada área de nuestra vida personal y comunitaria; así viviremos y promoveremos la cultura y la civilización del Amor.

6.      Para vivir con fuerza nuestra vocación y misión se requiere que luchemos firmemente contra Satanás y contra las fuerzas del mal, revestidos de Cristo con las armas invencibles de Dios[15].

7.      Somos hombres llamados a vivir en comunión con Dios y en comunión fraterna, centrados en la Palabra de Dios y fieles al Magisterio de la Iglesia.

ART. 7       ESPIRITUALIDAD  

1.      Ser Discípulo de Jesús es la esencia misma de nuestra Espiritualidad.

2.      A imitación de María, la discípula y seguidora perfecta de su Hijo, vivimos en una constante disposición de escuchar y obedecer a Jesús, nuestro único Maestro: siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo que imprime en nosotros los rasgos, las actitudes vitales y el carácter de Cristo, el primer consagrado.

3.      Nuestra consagración

Dios Padre nos consagra, por la unción del Espíritu Santo y nosotros acogemos y vivimos esta consagración en clave de Alianza en donde lo fundamental es el Amor, que nos configura con Cristo, quen realiza toda su obra desde una actitud de total donación al Padre en virginidad, pobreza y obediencia.   

4.      Nuestra comunión con Dios  

Vivimos nuestra comunión con Dios desde una intensa vida litúrgica, en total apertura al Espíritu Santo en alabanza, adoración y contemplación; sabiéndonos amados por el Padre en Cristo que se relaciona con Él en obediencia filial y amorosa. Nuestra prioridad es orar y enseñar a orar basados en la Palabra de Dios.  

5.      Nuestra Fraternidad

Nuestra comunidad es común-unidad de todos y cada uno con Cristo, y en Él y desde Él con los hermanos. En Cristo y desde Cristo, amamos y servimos a nuestros hermanos, sabiendo que cada condiscípulo es un don de Dios. Nos relacionamos en la verdad y en la fidelidad, compartiendo constantemente nuestra vida.

6.      Nuestro Apostolado

Nuestro apostolado consiste primariamente en el testimonio de nuestra vida consagrada en fraternidad[16]. siguiendo a Cristo impulsados por el Espíritu Santo, en comunión con nuestro Obispo y enviados por el Instituto realizamos la obra del Padre: la evangelización kerigmática y el discipulado en los diferentes campos de apostolado, buscando la formación de la comunidad cristiana.

7.      Con nuestra vida y también con nuestra palabra, hemos de proclamar que Dios, para nosotros es Padre; que nosotros para Dios, somos hijos; que entre nosotros somos hermanos. Y todo ello en la Persona de Jesús, por obra del Espíritu Santo.
CAPITULO  II    NUESTRA CONSAGRACIÓN
 
ART. 8  CONSAGRACIÓN

1.      La consagración es la raíz profunda que alimenta y unifica todos los aspectos de nuestra existencia, es el elemento fundamental y central de nuestra vida como religiosos.

2.      Solamente Dios es quien consagra y cristifica mediante su Espíritu. Por la consagración, Dios Padre toma plena posesión de nosotros, nos ha separado especialmente para Él, nos invade con su propia santidad, nos ha llamado y admitido a la comunión personal con Él, nos ha renovado y transformado interiormente introduciéndonos en el ámbito divino y sobre todo ha iniciado la obra de configurarnos con Jesucristo, el Consagrado, por obra de su Espíritu.

3.      A la llamada de Dios vamos respondiendo a lo largo de toda nuestra existencia de una manera cada vez más plena. No es algo ya hecho, sino que se va realizando sobre la marcha, es un proceso dinámico.
ART. 9 CONSAGRACIÓN BAUTISMAL

1.      El bautismo es la primera y fundamental consagración, raíz de las demás. La  consagración bautismal se da a todos en la Iglesia; a algunos para bien de todos, Dios concede el  don de seguir e imitar más de cerca a Cristo en su virginidad,  su pobreza y su obediencia.

2.      Como miembros de la  Iglesia, Pueblo de Dios, estamos llamados a la santidad apartándonos del mal y viviendo en Alianza con Dios como pueblo que le pertenece a Él, entrando en la dimensión teologal de la fe, la esperanza y la  caridad.
ART. 10   CONSAGRACIÓN RELIGIOSA

1.      Cristo nos ha llamado personalmente (vocación) a vivir con Él y con los otros seguidores suyos (comunión o vida fraterna) para ser como Él y vivir como Él (consagración), compartiendo y prolongando su obra salvadora (misión).

2.      Por su misma naturaleza la consagración es perpetua, total, indivisa, irreversible.

3.      «En cada persona consagrada es consagrado y elegido todo el pueblo de Dios. La Iglesia entera es  elegida y consagrada en cada persona que el Señor escoge y consagra como propiedad suya»[17].
ART. 11   CONSAGRACIÓN SACERDOTAL

1.      Cristo es el único sacerdote y sólo Él ofrece un culto verdadero, su sacerdocio es real y existencial, por que abarca toda su persona, todo su ser y toda su existencia. La oblación y  la realización del sacerdocio de Cristo consiste en el anonadamiento de su propia existencia: kénosis total. En consecuencia el sacerdote de la nueva alianza debe saberse entera y totalmente sacerdote, en y desde Cristo: vivirse así mismo en total autodonación al Padre y a los hermanos, prolongando, reviviendo y representando (cómo consagrado) sacramentalmente la autodonación sacrificial de Jesús.

 2.      Por el sacramento del orden Dios consagra a la persona, el ser y obrar del sacerdote separándolo del mundo y de toda forma de interés humano, para con figurarlo con Cristo-Sacerdote y ser testigo de su poder santificador.

3.      La misión propia y específica del Discípulo de Jesús sacerdote es el ministerio sagrado[18]: en la predicación de la Palabra y la administración de los Sacramentos, que debe llenar su vida y absorber todas sus energías.

4.      El discípulo como sacerdote hace presente, visible y sensible a Cristo que consagra a todo hombre, que santifica a los hombres. Le representa.

5.      El Discípulo presbítero se configura con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey imitando los rasgos de Jesús Maestro y Buen Pastor. Está llamado a ejercer con diligencia, generosidad, humildad y excelencia su servicio sacerdotal, en beneficio de sus condiscípulos y del  Pueblo de Dios[19]. Al ofrecer el sacrificio eucarístico él mismo se dispone a vivir el camino de la Cruz.
ART. 12  CÓMO VIVIMOS LA CONSAGRACIÓN

1.      Por nuestra parte, al entregarnos como Discípulos, Dios nos consagra para siempre a Él. Aceptamos y deseamos ser su total propiedad, acogemos la presencia y la acción santa y santificadora de Dios, interiorizando, asimilando y personalizando hasta convertirse en ideales, actitudes vitales, convicciones profundas, nos damos sin  reserva a Él en correspondencia a la vocación, a la gracia,  al Amor, al desposorio místico y espiritual  que Él nos propone; se realiza así una alianza especial de mutuo amor para siempre. Así quedamos  integrados a esta familia espiritual Discípulos de Jesús.

2.      Somos transformados sin perder nuestra identidad personal; mientras más plena sea nuestra identificación con Cristo, más se aclarará y se perfeccionará nuestra identidad como hombres, como cristianos, como consagrados, como Discípulos de Jesús. Él nos hace participar de su filiación divina y de su fraternidad, de su ser para el Padre y para los hermanos, su proexistencia.

3.      En la plena y total entrega a Dios encontramos una mayor libertad, conocimiento y comunión. El Espíritu Santo viene a ser nuestra ley interior, más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
 
4.      Nuestra consagración queda asociada al sacrificio de Cristo celebrado y actualizado en la liturgia, ofreciéndonos juntamente con Cristo al Padre como sacrificio  vivo de alabanza y adoración.

5.      En María, primera Discípula de Jesús, encontramos una invitación personal a seguir su ejemplo de consagración total a la persona y a la Obra de su Hijo.

6.      Dios nos consagra por el ministerio de la  Iglesia, quedando incorporados a nuestro Instituto con los derechos y deberes que establece  el derecho común y el propio.

7.      Mientras más íntegramente vivamos la Consagración, más claramente se manifestará y se hará visible que Dios es el único Absoluto, que Él tiene la prioridad y que frente a Él todo lo demás es relativo y transitorio. Nuestra consagración tiene una decidida orientación hacia el futuro, es un signo escatológico: aunque el Reino y la gloria de Dios se manifestarán plenamente en el futuro, nosotros como consagrados, tratamos de vivir y de hacer presente esta realidad venidera ya desde ahora lo más posible, suscitando actitudes eficaces de conversión, fraternidad, justicia, paz, solidaridad y perdón.

8.      El mundo, el diablo y la carne siempre han tratado de engañar al hombre apartándolo de la verdadera felicidad, de la verdadera riqueza y del verdadero poder que sólo están en Dios, esclavizándolo con la triple idolatría del placer, del  tener y del poder.

9.      Abrazamos los consejos evangélicos de virginidad, pobreza y obediencia que son dones por los que el Espíritu Santo nos configura con  Cristo, el cual realizó toda su obra desde una actitud de total consagración en virginidad, pobreza y obediencia. De esta manera podemos experimentar la victoria sobre la triple idolatría.

ART. 13 LA CASTIDAD COMO EXPRESION DE AMOR

1.      La castidad por el Reino de los Cielos profesada por los religiosos hay que apreciarla como un don extraordinario de la gracia[20].
 
2.      A Jesús le  apasionó tanto hacer realidad el Reino de Dios en el mundo –el Reino del Amor, de la verdad, de la justicia, de la gracia, de la santidad y de la paz- que esta vivencia provocó en Él una actitud de consagración, de amor virginal hacia Dios y hacia sus hermanos, por eso su persona está llena de entereza y valor, de afecto, cordialidad, paciencia, delicadeza y perdón; es amistad. Su amor es libre, liberador y elevante.

3.      La palabra «virginidad» designa una entrega por amor a Dios tan radical que no admite fisuras ni divisiones de ningún tipo; es la consagración íntegra y total que Dios hace de la persona en espíritu, alma y cuerpo.

4.      La virginidad de Jesús nuestro Maestro, ha sido la más radical expresión de su amor al Padre y a los hombres, sus hermanos. No es simple renuncia al matrimonio, sino forma nueva y desbordante de amar, y de darse a todos[21].

5.      Estimamos grandemente la virginidad consagrada y la pedimos al Señor como un don que debemos proteger, ya que es fuente de una mayor fecundidad espiritual y de un amor más generoso, universal y desinteresado[22]. En efecto, del amor virginal procede una fecundidad particular que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida divina en los corazones.

6.      Abrazamos esta forma de vida porque así es como se vivirá en el mundo futuro[23]. En la Antigua Alianza la única opción era casarse, en la Nueva Alianza tenemos el matrimonio y la virginidad y en la vida futura solamente existirá la virginidad; Dios será todo  en todos.

ART. 14  EL VOTO DE CASTIDAD

1.      Por el  voto de castidad nos entregamos totalmente a Dios sin divisiones amándolo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas[24].

2.      Por vivir inmersos en el Misterio del Amor de Dios, absortos en su belleza infinita, los Discípulos podemos pregustar una experiencia de alegría y de libertad que corresponde a la nueva creación manifestada en Jesucristo resucitado.

3.      En la contemplación del amor trinitario revelado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo encontramos que sí es posible entrar en la comunión divina, recibir un amor que lo supera todo. En Cristo es posible responderle a Dios amándolo con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor y amar así con la libertad de Dios a todas las criaturas[25].

4.      Por eso nuestra virginidad como don del Espíritu es manifestación de amor con el Tú de Cristo y con el tú universal de todas las personas con quienes nos relacionamos. Es amor oblativo que se da en plenitud a Dios, y a los hombres todos, uniéndonos y creando una hermandad, una fraternidad universal en Cristo. Así el Reino de Dios se acerca y se hace presente en el mundo.

ART. 15         CÓMO  VIVIMOS LA CASTIDAD

1.      El Espíritu Santo es quien suscita y hace posible esta forma de vida, por lo cual buscamos ser guiados y formados en todo por Él para que, a semejanza de Cristo, glorifiquemos al Padre con nuestra forma de vida y colaboremos fielmente a la edificación  del nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia.

2.      La Virgen María es la Llena del Espíritu Santo que es fuente de pureza. A los que  se relacionan con Ella les inspira e infunde pureza; así fue para Juan el Bautista, para José su esposo, para Juan el discípulo amado y lo sigue siendo para innumerables hombres y mujeres que han entregado a Dios su virginidad y la invocan confiados en sus necesidades y peligros. Sólo la Santísima Virgen María ha vivido la virginidad consagrada de Jesús, su Hijo, en toda su plenitud[26], es así como nosotros buscamos vivirla, por eso cultivamos una especial devoción y amor filial a Ella.

3.      Elegimos esta forma de vida porque en Jesucristo, Dios es todo para nosotros[27]: nuestro  amor, nuestro gozo, nuestra vida, nuestra  plenitud, nuestro fin.

4.      Al abrazar este voto respondemos por amor al llamado de  seguir e imitar más de cerca a Cristo[28] nuestro Maestro y Modelo -en sus actitudes vitales- que vivió radicalmente para Dios Padre y para los hermanos y nos llama a vivir con Él y como Él[29].

5.      Nuestra verdadera felicidad, alegría y bienaventuranza es Dios; Él es la única felicidad que perdura para siempre y que nos libera de la idolatría del placer.

6.      Para vivir en fidelidad a Dios nuestra castidad confiaremos en su ayuda y practicaremos la mortificación y la guarda de los sentidos, cultivando los medios naturales que favorecen la salud espiritual y corporal[30].

7.      Cultivaremos en la vida comunitaria un autentico amor fraterno como un medio privilegiado  para vivir con alegría y libertad nuestra castidad[31].

8.      La virginidad es fuente de innumerables virtudes. Debemos ser realistas y prudentes usando con discernimiento espiritual los medios masivos de comunicación[32]; no admitiendo en nuestra persona ni en nuestras casas nada que turbe, desedifique o dañe nuestra vida espiritual, nuestras relaciones fraternas, nuestro ministerio y la fidelidad al  Señor  en la observancia de los votos.

9.      En todas nuestras casas se observará la clausura[33], debiendo quedar reservada para uso de los hermanos la parte de la casa donde se encuentran las habitaciones y los pasillos  que conducen a ellas.


ART. 16    EL VOTO DE POBREZA

 1.      Por el voto de pobreza a imitación de Jesucristo nuestro Señor, que por nosotros se hizo pobre[34] en este mundo y nos llama a compartir su estilo de vida[35], abrazamos una vida pobre de hecho y de espíritu.  En efecto, Jesús, lleno del Espíritu Santo, es el hombre  más libre, vive plenamente para el Padre y para los hermanos, sin apegos de ningún tipo[36], comparte todo  lo que es y todo lo que tiene.

2.      Siguiendo las actitudes vitales del Maestro, nos confiamos totalmente a la amorosa providencia de nuestro  Padre[37] renunciando a todo apego e idolatría hacia los bienes del mundo, es decir, el ídolo del tener

3.      La pobreza evangélica se caracteriza por estas actitudes: confianza en Dios,  servicio a los hombres, abnegación de nosotros mismos, desprendimiento y libertad ante las cosas.

4.      Por haber descubierto a Cristo el tesoro escondido, la perla de gran valor[38], nosotros sus discípulos renunciamos al afán de acumulación[39] de los bienes de este mundo que pasa y los subordinamos gozosamente al Bien supremo y absoluto: Dios.

5.      Como Discípulos de Jesús somos administradores y debemos ser responsables y fieles con los bienes que el Señor nos confía tanto en lo espiritual como en lo material


ART. 17   CÓMO VIVIMOS LA POBREZA

1.      Siguiendo la luz de la Revelación valoramos por encima de todo:

 

a)      La comunión personal y comunitaria con Cristo y por Él con el Padre en el  Espíritu. El Señor es nuestra verdadera riqueza, nuestra herencia, nuestro tesoro y nuestra seguridad[40].

b)      La unidad y la solidaridad con nuestros hermanos nos fortalece y nos libera de angustias y temores, ya que en toda circunstancia podemos contar unos con otros como verdadera familia en Cristo animada por un mismo Espíritu[41].

 2.      Compartiremos en primer lugar los bienes espirituales que son los realmente valiosos: nuestra fe, nuestra experiencia de Dios, nuestras convicciones profundas, nuestros conocimientos, ideales, anhelos, aspiraciones, sentimientos, problemas y  luchas.

 3.      Para estar más libres y disponibles para Dios y para nuestros hermanos, no debemos estar apegados a nada. Evitaremos todo lujo, derroche o consumismo; no nos dejaremos llevar por ambiciones y codicias que atan y esclavizan[42]. Simplificaremos nuestra vida lo más posible.

 4.      Para favorecer el desarraigo de los bienes materiales que exige el voto de pobreza, debemos ceder la administración de los bienes a quien deseemos antes de la primera profesión temporal y determinar su uso y usufructo[43].

 5.      Antes de la Alianza perpetua haremos testamento que sea válido  también ante la autoridad civil.

 6.      En las celebraciones litúrgicas los hermanos deben llevar el hábito[44] del Instituto como signo de consagración, para realzar el culto a Dios y como testimonio de pobreza.

7.      Confiamos en el Señor, de acuerdo con su  promesa, que si buscamos ante todo su Reino y su justicia, Él proveerá a todas nuestras necesidades espirituales y materiales[45].

 8.      Normalmente cada uno de nosotros estará  dispuesto a servir y trabajar[46] fiel y  responsablemente; nuestro servicio será preferentemente en todo aquello que contribuya más directamente a la obra de Dios,  de acuerdo con nuestro Carisma.

 9.      Todos los bienes de la Hermandad pertenecen al Señor y deben ser administrados  con sabiduría, con amor y generosidad, según  la voluntad del Señor  y bajo la dirección y supervisión del Superior General y su Consejo. Ponemos en común todo lo que somos y tenemos para bien de todos; nadie por tanto se considere propietario.

 10.  Todo lo que un discípulo gane con su propio trabajo o por razón del Instituto, lo adquiere para la Hermandad. Lo que perciba de cualquier modo en concepto de pensión, subvención, seguro o donativo, lo adquiere para el Instituto.

 11.  El dinero o cualquier tipo de ofrendas que recibamos lo entregaremos cuanto antes al ecónomo, quien, a su vez, vela por atender las necesidades materiales de los hermanos. Sin embargo, por causa verdaderamente justificada, en función del ministerio u oficio que algún hermano de votos perpetuos desempeñe,  podrá administrar determinada asignación de recursos. Situación que requerirá previamente y en diálogo fraterno, el discernimiento y la aprobación del Superior General y de su Consejo.

 12.  La opción por Cristo nos compromete también a luchar por la justicia y la solidaridad y a sensibilizar a los organismos públicos y privados para propiciar una equitativa distribución de la riqueza y de las ayudas internacionales. Por tanto, en la medida de nuestras posibilidades veremos porque este propósito se realice en bien de los que más lo necesitan[47].

 ART. 18  OBEDIENCIA CONSAGRADA

1.      Para entender el misterio de la obediencia cristiana, hay que partir de Cristo, que en Él es parte esencial de su  consagración y proceso de anonadamiento, o sea, de su Misterio pascual.

2.      La obediencia, practicada a imitación de Cristo es hacer la voluntad del Padre[48], manifiesta una dependencia filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por la confianza reciproca, que es reflejo de la amorosa correspondencia de las tres Personas Divinas.

 3.      La obediencia es corresponsabilidad a todos los niveles, es filial sumisión a la voluntad de Dios, expresada a través de nuestros legítimos Superiores, en espíritu de fe y amor a Cristo[49].

 4.      Siguiendo la perfecta obediencia de Cristo nos liberamos del ídolo del poder que es un afán equivocado de prestigio, influencia y dominación  sobre los demás.

 5.      Es viviendo sin reservas en la voluntad de Dios como recibimos el verdadero poder del Espíritu que nos hace libres y  vencedores para siempre de Satanás[50], del pecado, de las  tinieblas y de la muerte.

 ART. 19   EL VOTO DE  OBEDIENCIA

 1.      Por el  voto de obediencia entregamos nuestra voluntad a Dios siguiendo a Cristo siervo que con su  ejemplo nos enseña la perfecta obediencia,  despojándose de Sí mismo y obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz[51]. Por lo tanto, todos en el  Instituto debemos vivir sometidos a Dios[52] y a los Superiores que hacen las veces de Dios cuando mandan algo según las Constituciones[53].

 2.      El único camino que nos lleva a la perfección es la obediencia[54]. Sin obediencia es imposible la comunión con Dios y la comunión fraterna. La raíz de todo pecado es la desobediencia a la voluntad de Dios[55].

 3.      Sólo seremos libres si buscamos la verdad y sólo conoceremos y seguiremos la verdad si escuchamos a Cristo y nos hacemos sus discípulos[56]. Como medio efectivo de la búsqueda de la verdad practicaremos el diálogo y el discernimiento fraterno[57].

4.      Que nuestra espiritualidad, como la de Jesús, como la de María, primera discípula de Jesús, y la de todos los santos, se distinga por una perfecta disponibilidad a la voluntad de Dios manifestada en sus mandamientos, en el Evangelio, en las Constituciones y en el discernimiento fraterno a la luz del Espíritu. En Cristo se nos revela que la obediencia a la voluntad de Dios por amor es  el camino para lograr progresivamente la verdadera libertad[58].

 ART. 20      COMO VIVIMOS LA OBEDIENCIA

 1.      Puesto que lo que realmente deseamos es permanecer en la voluntad de Dios, ponemos toda nuestra vida y las decisiones importantes que debamos tomar bajo el discernimiento espiritual de nuestros hermanos reunidos en Consejo presidido por el Superior.

 2.      Esto nos protege del  subjetivismo y de los engaños derivados de una forma individualista de tomar decisiones. Por  eso, siempre tendremos en cuenta a los hermanos con los que nos hemos comprometido de por vida.

 3.      Desearemos ser formados de manera que lleguemos a reflejar el  carácter de Cristo, teniendo al Espíritu Santo como Ley interior. Desearemos ser libres de arrogancia, apego a los gustos y comodidades personales, dispuestos a morir a nosotros mismos para seguir la  voluntad  de  Dios[59];  por esto aceptaremos la corrección y la disciplina como medios formativos.

 4.      Manifestaremos nuestra obediencia a los superiores con nuestro amor y respeto a los encargados de apoyarnos y de guiarnos en nuestra formación[60], seremos abiertos con ellos acerca de nuestro mal comportamiento y dificultades. Si juzgamos que alguna dirección que nos dan es equivocada hablaremos respetuosa y confiadamente y de manera directa, tratando de buscar en esto la mayor gloria de Dios y no nuestros intereses personales.

 5.      Cada uno de nosotros debe interesarse por el buen funcionamiento del Instituto. Los Superiores no son los únicos responsables de tomar iniciativas por la dirección y la buena marcha de la Hermandad; sin embargo, en muchos casos son ellos los que tienen que tomar la decisión final.

 6.      Estamos bajo la autoridad de los Obispos, sobre todo en lo referente al apostolado externo y al culto público[61]. Buscaremos, por lo tanto, vivir y actuar en  comunión con Dios y con nuestros legítimos Superiores para experimentar la realidad de la Iglesia, que esencialmente es un misterio de comunión.

 7.      Nuestro Instituto, por estar dedicado al servicio de Dios y de toda la Iglesia, está sometido a la  autoridad  del Papa[62]. Cada uno de los religiosos está obligado a obedecer al Sumo Pontífice como a su Superior supremo en virtud del vínculo sagrado de obediencia.

 CAPITULO  III              NUESTRA RELACIÓN CON DIOS

 ART.  21    JESÚS MAESTRO DE ORACIÓN

 1..      Jesús es el Maestro y Modelo de nuestra oración. Con el Padre Nuestro, que es la oración por excelencia, Jesús nos enseña a dirigirnos confiadamente al Padre y nos da también el Espíritu por el que las palabras de la oración filial se hacen “espíritu y vida”[63].

 2.      Nuestra vida totalmente orientada hacia Dios debe ser una ofrenda continua, un acto permanente de culto a Dios, un vivir siempre en su presencia[64]. La manera de relacionarnos con Dios Padre es siempre en Clave de Alianza. Seguiremos de manera continua en nuestra oración el modelo bíblico del Tabernáculo, buscando desarrollar desde ahí nuestra vida cotidiana, es decir, desde el Lugar Santísimo[65].

 3.      Nuestra primera y principal ocupación, como lo afirma la Escritura, es la oración y la Palabra de Dios[66]. Este oficio debe ocupar siempre el primer lugar en nuestra vida cotidiana.

 4.      Recurriremos a los medios propuestos por  la Iglesia para cultivar la relación y la comunión con Dios.

 5.      Cultivaremos el gusto y la sensibilidad por las cosas de Dios. Todos colaboraremos para formar un ambiente de piedad varonil, de fervor y de celo por la gloria de Dios, dándole a Él el  primer lugar en nuestros corazones.

 6.      Que nuestra amistad personal con el Señor, entendida en clave de Alianza, sea un proceso ininterrumpido que nos lleve a una comunión cada vez mayor con Él hasta que Dios sea todo en todos.

 7.      Confiaremos siempre en la fidelidad del Señor sabiendo que en nuestra miseria se manifiesta su misericordia, en nuestra debilidad se manifiesta su poder, en nuestra ignorancia se manifiesta su sabiduría, en nuestra pequeñez se manifiesta su grandeza.

 

ART. 22.    LA PALABRA DE DIOS

 1.      Practicaremos la Lectio divina, donde la lectura nos lleve a la meditación, la meditación a la oración, la oración a la contemplación y la contemplación a la acción.

 2.      A Dios oímos cuando escuchamos su Palabra y a Dios hablamos cuando oramos[67]. No hay que separar la  oración de la Palabra ni la Palabra de la oración.

 3.      La oración sólo es eficaz cuando se basa en la Palabra y la Palabra sólo se entiende y se vive si nos abrimos al Espíritu por medio de la oración.

 4.      Buscaremos tener una verdadera y completa apertura al Espíritu Santo, lo invocaremos siempre para que Él nos enseñe y nos ayude a orar, y aún más, para que Él mismo ore  y actúe  en nosotros[68].

 ART.  23    VIDA LITURGICA

 1.      La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad de Su  Pueblo, aquello por lo que la Iglesia es Ella misma. Por eso, en este Sacramento, encontramos la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, además de ser también cumbre del culto que, en el Espíritu Santo, los hombres dan a Cristo, y por Él al Padre.

 2.      Participaremos cada día en el sacrificio Eucarístico, recibiremos la Sagrada Comunión y adoraremos al Señor  presente en el Sacramento.

 3.      Celebraremos dignamente la Liturgia de las Horas rezando en comunidad al menos Laudes y  Vísperas[69].

 4.      Viviremos el  espíritu de la liturgia según el ciclo anual de  las celebraciones y fiestas de la Iglesia.

 5.      Cultivaremos el Espíritu de penitencia[70], de mortificación y de continua conversión a Dios, practicaremos  diariamente el examen de conciencia, recurriremos con  frecuencia y libremente  al sacramento de la   reconciliación, ayunaremos  por lo menos un día a la semana y aprovecharemos todas las oportunidades para realizar actos de caridad con el prójimo, contrariando así nuestra naturaleza humana, tan inclinada al egoísmo.

 ART.  24    DIMENSION CONTEMPLATIVA

 1.      Tendremos una casa apartada y austera a donde podamos retirarnos por turnos a pasar tiempos prolongados de oración y tener mayor dedicación a las cosas de Dios. En tal casa deberán morar de manera permanente algunos hermanos que lo deseen y a quienes el Señor, a juicio de los Superiores, ha favorecido de manera especial con el don de la oración; esa casa tendrá su propio reglamento, horario de oración y trabajo que favorezcan la vida contemplativa.

 2.      Al cultivar una más profunda comunión con el Señor en la lectura espiritual, en la oración y la contemplación, estos hermanos podrán captar visión y guía del Señor para la Congregación.

 3.      En la dimensión contemplativa está el secreto de una renovación continua de la vida consagrada ya que es a través de ella como vamos entrando a un conocimiento experiencial del Señor que nos lleva a una auténtica conversión y testimonio.

 4.      Los discípulos que han subido al monte han gozado de la vida Trinitaria y de la comunión de los santos;  arrebatados en el horizonte de la eternidad, bajan también a vivir con el Maestro las exigencias del  designio de Dios y emprender con valor el camino de la cruz[71].

 ART.  25    ELEMENTOS  DE NUESTRA ORACIÓN.

 1.      Practicaremos la oración tanto en comunidad como en forma personal.

 2.      El tiempo dedicado expresamente a la oración en común y personal será por lo menos de dos horas diarias, especialmente por la mañana y por la tarde[72].

 3.      Dedicaremos periódicamente tiempos en comunidad a la oración espontánea de alabanza y adoración; con ello buscamos responder a la necesidad de nuestra naturaleza humana de expresar nuestra oración con todo el poder posible.

 4.      Compartiremos de manera sencilla y fraterna nuestras experiencias de la vida espiritual, interesándonos por  apoyarnos unos a otros.

 5.      Para fortalecer nuestra vida espiritual tendremos al menos dos veces al año retiro espiritual en común, favoreciendo además los retiros personales.

 6.      Aceptaremos la cruz de Cristo en nuestra vida diaria como instrumento y medio de quebrantamiento que ayuda a la  liberación del espíritu.

 7.      Nos apartaremos del mundo, entendido éste como el conjunto de  ideas, valores, estructuras y formas de relacionarse, incompatibles con la voluntad de Dios y que no reconocen a Jesús como Señor[73].

 8.      Como un medio importante que ha favorecido el crecimiento espiritual en la historia de la Iglesia, buscaremos recibir dirección espiritual. Cada uno tendrá libertad para acudir a la persona que se considere idónea ante el parecer del Superior[74].

 9.      Honraremos a la Santísima Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, con un amor especial, ya que Ella es la perfecta Discípula del Señor, Protectora y Modelo de la vida consagrada. Ella es además, modelo sublime de consagración al Padre, de unión con el Hijo y de docilidad al Espíritu Santo[75].

 10.  Jesús confió el discípulo a Su Madre y confió Su Madre al discípulo[76]. Buscaremos caminar siempre junto a María ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que Ella siguió, como verdadera discípula de Jesús. Meditaremos en los Misterios de la Vida, Pasión y Glorificación de Nuestro Señor Jesucristo a través del rezo del Santo Rosario

 11.  Daremos gracias y alabaremos a Dios en todas las circunstancias ya que de acuerdo con su promesa Él interviene en todo para bien de los que lo aman[77].

 CAPITULO  IV        NUESTRA VIDA FRATERNA

 ART.  26    A IMAGEN DE DIOS  TRINO

 

1.      Al crearnos a su imagen y semejanza, Dios nos creó para la comunión, Él se ha revelado como Amor, como Trinidad y comunión. Dios nos invita a entrar en íntima relación con Él y a la comunión interpersonal, es decir, a la fraternidad universal. Esta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y desde Dios y en Dios, con los otros hombres, sus hermanos.

 

2.      La fraternidad a la que el Señor nos convoca es un misterio que se origina en la Trinidad Santa y santificadora. En el proyecto de Dios, la fraternidad es un elemento esencial de la Iglesia al que todos los hombres están llamados.

 

3.      La fraternidad y la unidad en Cristo es un don del Espíritu Santo. La comunión fraterna tiene su origen en el amor de Dios derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, Él es el que nos constituye como verdadera familia unida en el nombre del Señor[78].

 

4.      La caridad es la clave para crecer como personas y como hermanos. Aunque  tengamos todas las capacidades, cualidades y dones si no tenemos caridad de nada nos sirve todo lo demás: «La caridad es paciente, bondadosa y servicial, no es envidiosa, no es rencorosa ni egoísta. No se alegra del pecado de los demás, sino de la verdad; espera sin límites, aguanta sin límites, perdona sin límites»[79].

 

5.      La vida de comunión fraterna, para que sea auténtica, exige de cada hermano plena adhesión a Cristo, a los ideales y estilo de  vida que nos hemos propuesto, sólo así nos sentiremos solidarios, estaremos dispuestos a luchar juntos y a dar la vida unos por otros. La comunión fraterna es algo que sólo el Espíritu Santo puede realizar, por eso, es necesario invocarlo humildemente y sin cesar.

 

6.      Amar a nuestros hermanos de la misma manera que Cristo nos ama es el nuevo estilo de fraternidad al que hemos sido llamados por Él[80]. Como discípulos de Jesús deseamos vivir según el mandato y ejemplo de nuestro Maestro y según el ideal de la primera comunidad cristiana[81].

 

7.      Como hijos del Padre celestial, hermanos y Discípulos de Cristo en el Espíritu Santo, vivimos vida de fraternidad en común[82]. Todos tenemos la misma dignidad aunque desempeñemos distintos ministerios cargos u oficios.

 

 
ART.  27     COMO  VIVIMOS  LA FRATERNIDAD

 

1.      Cada hermano es un don de Dios para la Hermandad, por lo tanto, nos debemos aceptar unos a otros en  nuestra propia realidad y en plan de igualdad por encima de la diversidad de caracteres, costumbres,  talentos, servicios y cualidades[83]. El  Instituto debe ser lugar de encuentro con  Dios y con los hermanos; lugar donde podamos crecer como personas libres y responsables, donde aprendamos a dialogar en la caridad y el respeto, buscando siempre la fidelidad al Espíritu.

 

2.      Para fomentar la caridad y amistad fraterna hemos de estar dispuestos a  servirnos unos a otros con caridad, favorecer las buenas  iniciativas y alegrarnos por el feliz resultado del trabajo  de los demás.

 

3.      En nuestro horario daremos gran importancia a nuestros actos comunitarios participando activamente en la vida de la fraternidad, por ejemplo: la oración común, la célula, la formación permanente, etc. Todos somos corresponsables en la creación de un ambiente saludable y constructivo.

 

4.      Nuestras  relaciones  serán de respeto y  fidelidad, honrándonos y  sirviéndonos unos a otros,  siendo  afectuosos y sinceros[84], dispuestos siempre a resolver cualquier conflicto que surja entre nosotros, abiertos  a recibir corrección y enseñanza unos de otros, deseosos de animarnos y fortalecernos unos a otros. La  norma que debemos seguir para la reconciliación fraterna es la que nos enseña el  Señor[85].

 

5.      Cristo nos pide que seamos como el grano de trigo, que muramos a nosotros mismos, al individualismo, para que surja y se desarrolle la vida fraterna, que pasemos del yo al nosotros, de la independencia a la interdependencia; así la Comunidad se convierte en una escuela de amor[86] fraterno en beneficio de la Iglesia y del mundo.

 

6.      Lo más valioso que compartimos con los demás son los bienes espirituales: nuestra fe, nuestra experiencia de Dios, nuestras convicciones, nuestros ideales,  anhelos y  aspiraciones, quehaceres, preocupaciones, éxitos y fracasos. Estaremos dispuestos a compartir con libertad y confianza lo que nos pasa, no tratando de ocultar nuestros fracasos y errores.

 

7.      Compartiremos como hombres de Dios lo que hemos  estado haciendo, las experiencias que hemos tenido, lo que el Señor nos ha  enseñado, lo que hemos leído, oído o visto que glorifique a  Dios y edifique a los hermanos.  Escucharemos con interés lo  que los hermanos  compartan ya que es una forma como el Señor nos edifica, nos fortalece unos a otros y nos hace crecer en la amistad fraterna.

 

8.      Aprovecharemos las oportunidades que tengamos para mostrarnos nuestro afecto y cariño fraterno. Daremos prioridad a las relaciones con los hermanos con quienes nos hemos comprometido, no daremos más valor ni importancia a otras relaciones.

 

9.      Constantemente nos animaremos a tener una actitud de fe, gozo y fervor y evitaremos actitudes negativas como temor, desaliento, egocentrismo, individualismo, desconfianza y rivalidad; así como decir indirectas, la  murmuración, el chisme, la burla, la queja, el espíritu de competencia, el humor negro y lo que no  fortalece en el Señor[87].

 

10.  Nos esmeraremos en la caridad y solidaridad con los hermanos enfermos o ancianos [88] siguiendo la norma  del Señor: «Trata a tu hermano como tú mismo quieres ser tratado»[89]. La caridad fraterna entre nosotros  nos constituye en verdadera familia reunida en el nombre del Señor y es señal distintiva de que somos discípulos de Jesús[90]

 

11.  Honraremos a nuestros padres[91] y parientes buscando -en toda ocasión que el Señor nos permita- expresarles cariño, agradecimiento y respeto, pero sobre todo llevarles la presencia de Dios. En alguna situación difícil veremos la mejor manera de acompañarlos y apoyarlos, sin afectar la comunión fraterna con la Hermandad y sus normas de vida.

 

12.  Valoraremos la dignidad de las mujeres como personas, hijas de Dios y hermanas en Cristo[92]. Nos relacionaremos con ellas en la luz, caridad, servicio y respeto; seremos abiertos pero prudentes en el trato hacia ellas, teniendo presente nuestra condición de hombres consagrados. Seremos muy abiertos con nuestros encargados en esta área para recibir ayuda y consejo

 

13.  Observaremos la disciplina universal de la  Iglesia en lo tocante a los permisos para ausentarse de la casa  religiosa por justa causa, las partes de la casa reservadas exclusivamente a la Comunidad y los sufragios  por los hermanos difuntos[93].

 

 

ART.  28    DIÁLOGO

 

1.    Para cultivar la fraternidad el diálogo es un elemento esencial y vital. El diálogo es vínculo de unidad y de paz. Es alma y madre la fraternidad.

 

2.    Dios mismo es diálogo perfecto y permanente, es comunión indestructible; nosotros por ser imagen y semejanza de Dios, sólo nos realizamos y perfeccionamos en el diálogo, en la comunión permanente con Él y con nuestros hermanos.

 

3.    En Cristo y desde Cristo, es como se da el verdadero diálogo. El diálogo es buscar la verdad o soluciones entre dos o más personas, conscientes de que cada uno somos limitados y necesitamos enriquecernos y complementarnos unos a otros para ir descubriendo juntos la verdad cada vez con mayor plenitud, en una actitud de apertura al Espíritu.

 

4.    El impedimento radical para la comunión con Dios y unos con otros es el pecado, pero “si andamos en luz, como Él está en luz tenemos comunión unos con otros”[94].

 

5.    La mayor parte de los problemas en las relaciones fraternas: malos entendidos, distanciamientos, desconfianza, resentimientos, etc., se deben a la falta de comunicación. El diálogo es la solución casi infalible para aliviar los problemas y conflictos que se originan con frecuencia en el seno de la vida comunitaria.

 

6.    Cuando nos sentimos aceptados y estimados, podemos abrir más fácilmente nuestra mente y corazón a un diálogo sincero y confiado. Necesitamos paciencia y perseverancia. Avanzar y profundizar en el diálogo no es siempre fácil, es un camino largo, lento, evolutivo. No hay que desanimarnos. Sólo dialogando se aprende a dialogar, como el niño pequeño, que sólo caminando aprende a caminar.

 

7.    En nuestra Hermandad necesitamos seguir abriéndonos al diálogo, ya que a través de él, el Espíritu Santo nos ayuda a desenredar todos los nudos, disipar todas las suspicacias, abrir todas la puertas, solucionar todos los conflictos, madurar a la persona y a la comunidad.

 

8.    El diálogo rectamente entendido, es una condición indispensable para el recto ejercicio de la autoridad y de la obediencia.

 

 
ART.  29                 DISCERNIMIENTO FRATERNO

 

1.      Como Discípulos de Jesús, nos hemos comprometido a vivir siempre en la voluntad de Dios. Para descubrir o aclarar cual es la voluntad del Señor en tal o cual situación o aspecto de la vida comunitaria necesitamos practicar el discernimiento fraterno[95].

 

2.      El discernimiento fraterno lo practicamos  sobre todo en aquellos asuntos importantes y vitales para la vida de la Hermandad, en cuestiones de fondo que necesitamos definir, evaluar o profundizar.

 

3.      Para que el discernimiento fraterno sea auténtico se requiere que haya ambiente de fe, oración y fraternidad, sin dejar de mencionar la actitud sincera de conversión continua y progresiva a Dios reconociendo a Jesús como único Maestro y Señor. Además debemos tener  firme adhesión a la Palabra de Dios, al Magisterio de la Iglesia, al Derecho Común y Propio. Deseando sinceramente el bien común por encima de los intereses particulares o de las preferencias personales. Tener cierto grado de madurez humana y cristiana, nos ayudará para realizar una seria autocrítica.

 

4.      La meta es descubrir juntos la visión y voluntad de Dios y encarnarla en todos los niveles: personal, comunidad local, ministerios y congregación, con una actitud de radical obediencia.

 

5.      En nuestra Hermandad los superiores deben promover y estimular esta práctica como un medio necesario para crecer en la comunión con el Señor y en la comunión fraterna basados en la verdad y en la caridad, a ellos corresponde la última decisión. Si lo practicamos con perseverancia podemos seguir avanzando hacia la madurez personal y comunitaria.

 

6.      Cuando realizamos el discernimiento fraterno con autenticidad, acaba removiendo dificultades, potenciando recursos, recreando comportamientos humanos, haciéndolos más fraternos, más evangélicos. Lo decisivo del discernimiento es conocer y cumplir la voluntad de Dios en espíritu y en verdad o al menos reduciendo en todo lo posible las falsificaciones.

 

 

CAPÍTULO  V             NUESTRA VIDA APOSTÓLICA

 

ART.  30             PRINCIPIOS

 

1.      Jesús enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo realizó en obediencia y amor la Misión que el Padre le confió; de igual manera Jesús nos llama, nos unge con su Espíritu y nos envía para que en obediencia y amor realicemos la misión que Él nos confía.

 

2.      Nuestro apostolado se basa y se origina en lo que somos: Discípulos de Jesús; es decir, hemos sido llamados para estar con El Maestro, escucharlo, aprender de Él y realizar la misión que Él ha encomendado a su Iglesia.[96]

 

3.      La Iglesia como Pueblo de Dios está llamada a la santidad; nosotros, por nuestra misma opción de  vida, somos un recordatorio de esta vocación y estímulo para todos. En la medida en que vivamos  entregados al Padre sostenidos por Cristo y animados por el Espíritu, cooperaremos eficazmente a la misión de Jesús contribuyendo de forma particularmente profunda a la renovación del mundo[97].

 

4.      Nuestra vida de consagración a Dios, de oración, de fraternidad y de servicio son nuestro primer apostolado[98]. Lo importante es vivir y actuar desde la comunión con Cristo y desde la comunión fraterna.

 

5.      En efecto, antes que con las obras exteriores, la misión se lleva a cabo haciendo presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal y comunitario.

 

6.      Este es el reto, este es nuestro quehacer principal: cuanto más nos asemejamos a Cristo, más lo haremos  presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres[99].

 

7.      La obra que Él nos encomienda no es algo puramente humano; a través de nuestro apostolado es Cristo mismo quien continúa su Misión, por eso debemos permitir que sea Él quien actúe en nosotros y a través de nosotros; sólo así será un apostolado cristiano auténtico y fructífero.

 

 

 

 

ART. 31     LA CONSAGRACIÓN PRINCIPAL APOSTOLADO

 

1.      El apostolado debe brotar de la unión con Dios y la unión con Dios debe ser confirmada y fomentada por el apostolado ya que éste no es obstáculo para la santidad, antes bien, al realizarlo encontramos un medio de santificación personal y comunitario.[100]

 

2.      El apostolado es proyección y extensión de lo que somos y vivimos internamente como Congregación. La experiencia de oración y de fraternidad que vivimos dentro del Instituto se proyecta de manera natural en el servicio pastoral y la convivencia fraterna hacia fuera del mismo. Para nosotros es prioritario cuidar con esmero la cultura interna de la Hermandad. De la calidad de nuestra vida  interna dependerá la calidad de nuestro servicio pastoral hacia fuera.

 

3.      Nuestra vida entera ha de estar llena de Espíritu apostólico[101] y todo nuestro apostolado debe estar  impregnado de una genuina espiritualidad de hombres de Dios  que reflejan el carácter de Cristo.

 

4.      Nuestra vida será tanto más apostólica cuanto más fuerte sea la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión de nuestro Instituto[102].

 

5.    La fuente de sabiduría y de poder para un apostolado eficaz es el Espíritu Santo[103], por eso deseamos ser  instrumentos dóciles, para que a través de nosotros       Él actúe para edificación de la Iglesia y para atraer a la salvación en Cristo a los que aún no lo conocen.

 

6.      Nuestra colaboración en la Misión de la Iglesia la realizaremos en un espíritu de unidad con Dios, la Iglesia y entre nosotros, tratando de evitar el individualismo y el activismo que obstaculizan e impiden la verdadera evangelización, pues somos llamados a ser uno en Cristo Jesús.

 

7.      Nuestro apostolado se realiza en nombre de la Iglesia y en comunión con ella[104]. Así como también en nombre de nuestra Hermandad y en comunión fraterna. El individualismo es negación de la comunión; sólo la evangelización en comunión lleva a la formación de la comunidad cristiana.

 

 

ART. 32         CÓMO LO REALIZAMOS

 

1.      Integrándonos en la pastoral de conjunto de las diócesis, conforme a nuestro Carisma, nuestro Instituto  hace suya la misión de la  Iglesia, y de todo cristiano[105].

2.      Somos un Instituto dedicados a orar y a enseñar  a orar, a conocer y compartir la riqueza de la Palabra de  Dios y a servir al pueblo según los dones y capacidades que el  Señor nos conceda[106].

 

3.      En todo nuestro apostolado deseamos transmitir y compartir nuestra espiritualidad de una manera integral para enriquecernos y enriquecer  a los fieles laicos con quienes trabajamos.

 

4.      Se ha de hacer todo en comunión y diálogo con las otras instancias eclesiales[107]. Evitaremos actuar de  manera individualista ya que el trabajo en equipo, en diálogo y en verdadera apertura al Espíritu es siempre lo mejor para todos.

 

5.      Estaremos siempre bajo la obediencia a nuestros Obispos, especialmente en lo que atañe a nuestro ministerio pastoral, honrándolos como los Pastores que representan a Cristo en la  Diócesis en la cual prestemos nuestro servicio.

 

6.      En la Iglesia vivificada continuamente por el Espíritu Santo hay gran variedad de carismas y ministerios  que nunca deben estar en competencia  o  rivalidad sino complementándose unos a otros, contribuyendo  todos a la edificación del único Cuerpo de  Cristo en el amor[108].

 

7.      Como Congregación y como personas debemos ser capaces de adaptarnos, de inculturarnos teniendo siempre presente este triple principio: de distinción: no somos del mundo; de encarnación: estamos en el mundo; de servicio: somos para el mundo.

 

8.      Aunque somos evangelizadores, también necesitamos ser evangelizados. Muchas veces el Señor usa a los más pobres e ignorantes a los ojos del mundo para revelarnos su amor y sabiduría y llevarnos a una conversión más profunda y auténtica.

 

 

ART.  33             OBRAS APOSTOLICAS

 

1.      El apostolado que realizamos como hermandad es: la Evangelización Kerigmática, el Discipulado y la formación de comunidades cristianas que vivan la espiritualidad de la Alianza con Dios como Pueblo suyo, de acuerdo a la enseñanza de la Revelación y el Magisterio de la Iglesia.

 

2.      Nuestro apostolado lo desarrollamos en comunidades de Alianza, comunidades educativas, comunidades parroquiales, renovación carismática y otros movimientos eclesiales; siempre dispuestos a servir en otras necesidades que nos confíe la Iglesia según nuestras posibilidades, el Carisma  y misión  de la Hermandad[109].

 

3.      La Evangelización será Kerigmática, es decir, el anuncio de Jesucristo, Su pasión, Muerte y Resurrección. Un anuncio específico que proclame el Amor de Dios Padre, la Salvación en Jesucristo, Su Señorío y la acción santificante y unificadora del Espíritu Santo.

 

4.      En el Discipulado seguimos el ejemplo de Cristo Maestro que no transmitió sólo una doctrina sino un estilo de vida; nuestro objetivo es acompañar y animar a los hermanos a través de la enseñanza y acompañamiento personal, a un auténtico seguimiento de Cristo, es decir, que sean discípulos de Jesús según su estado de vida.

 

5.      Nuestra colaboración con Dios en la formación de Comunidades Cristianas es acompañar a las personas a vivir una auténtica alianza con Dios y los hermanos, es decir, a una relación de amistad que implica un compromiso  libre, personal y comunitario de integración activa en la vida eclesial.

 

6.      En los diferentes servicios de apostolado que realizamos debemos estar consientes que nuestro principal objetivo es que las personas tengan un encuentro personal con Jesucristo y que Él sea reconocido como único Señor en todo, esta es la primera necesidad en la Iglesia actual ya que la mayor parte de los bautizados no están realmente evangelizados.

 

7.      Nosotros deseamos responder a la necesidad de la nueva evangelización abiertos a la  acción creativa e  imprevisible del  Espíritu Santo, dispuestos  a colaborar  con los planes diocesanos de pastoral, dedicados especialmente a los sectores mas desatendidos de la población.

 

8.      Deseamos que nuestro trabajo sea para la gloria de Dios y para  edificación  de  la Iglesia,  Pueblo de Dios.

 

 
CAPÍTULO VI   EL ITINERARIO DE NUESTRA FORMACIÓN

 

Art. 34       PASTORAL VOCACIONAL

 

1.      “ Subió al monte y llamó a los que Él quiso y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios”, Mc. 3.13-14.

 

2.      Desde una realidad humana y cristiana, Jesucristo, ha tenido a bien hacer un llamado[110] especial a muchos jóvenes para que le sigan más de cerca, dándose entonces el gran misterio de la vocación consagrada al servicio de su Iglesia.

 

3.      La responsabilidad de promover y apoyar vocaciones incumbe a cada uno de los hermanos, sobre todo mediante su testimonio de vida y su oración. A su vez, cada comunidad local es también promotora de vocaciones, por tanto, estará abierta a acoger y orientar a los jóvenes que manifiesten esta inquietud.

 

4.      Los grupos de jóvenes y las comunidades que son atendidos pastoralmente por nuestro Instituto son el campo propio de donde surgen las vocaciones. Estos jóvenes que han sido evangelizados y catequizados, si manifiestan el deseo de consagrarse a Dios,  deben ser apoyados para que se fortalezcan en su propósito. Se les debe ayudar en su crecimiento humano y cristiano y orientarlos en los pasos que deben dar si desean ingresar en nuestro Instituto.

 

5.      Habrá un equipo de pastoral vocacional presidido por un hermano de votos perpetuos, que se responsabilice más directamente de atender y promover las nuevas vocaciones. Este trabajo ayudará en mucho a confirmar la llamada de Dios al corazón del candidato, profundizando sus motivaciones conscientes o inconscientes; ambientales y personales; maduras e inmaduras, en un proceso de definición en torno a su vocación.

 

6.      Los jóvenes candidatos, inician un proceso en el que serán entrevistados por un hermano del equipo,  participarán de dos retiros y finalmente tendrán una experiencia de vida en alguna de nuestras casas.

 

7.      Los hermanos tengan  en cuenta que no se debe alentar a las personas que desde un principio se vea claramente que no reúnen los requisitos necesarios para ser admitidos. En algunos casos lo más indicado es dejar que maduren más y, mientras tanto, aconsejarlos y apoyarlos para que sigan en el grupo juvenil o en la comunidad cristiana y más tarde averiguar si ya tienen la madurez requerida.

 

8.      En nuestra Hermandad,  trabajaremos en comunión con la pastoral vocacional diocesana y así ayudaremos a los jóvenes a tener más opciones de respuesta a su vocación.

 

 

ART. 35     ADMISIÓN AL INSTITUTO.

 

1.      La honesta inquietud de recibir un llamado personal del Señor, es vital en la definitiva consagración, sin embargo, hay otros elementos que corresponden al instituto[111] discernir y valorar para la admisión inicial del interesado a la etapa del Postulantado:

 

2.      La salud física y psíquica, elementos importantes a considerar, por lo que todo candidato al noviciado participará de  evaluaciones pertinentes al respecto.

 

3.      Adicionalmente, una serie de características fundamentales[112] se tomarán en cuenta:

 

4.      Humanas: Capacidad intelectual y nivel de estudios (en nuestro caso bachillerato terminado), fuerza de voluntad, madurez afectiva, sociabilidad, sana autoestima, sentido responsable, rectitud de conciencia, libertad interior. Se cuidará rigurosamente el no aceptar en el Instituto a personas con problemas de afeminamiento u homosexualidad.

 

5.      Cristianas:  Comunión con el Señor, conversión, vida de oración, escucha de la Palabra de Dios, vida sacramental, amor a la Iglesia y a su misión.

 

6.     Religiosas: Conocimiento y conciencia en torno a la consagración al Señor en  la vida religiosa, el seguimiento radical de Jesús según el evangelio, los consejos evangélicos, la vida espiritual y la misión, todo desde la perspectiva del carisma específico de este instituto.

 

7.     En síntesis: Para ingresar a esta Hermandad, es necesario que los candidatos estén convertidos a Cristo y deseen seguir convirtiéndose cada vez más, reconociendo a Jesús como Señor en cada área de sus vidas[113], que abracen con entusiasmo nuestros ideales, que haya indicios de que son capaces de vivir en castidad, pobreza y obediencia, que sean entrenables,  dispuestos a recibir la formación y la disciplina establecida y sean aprobados por el Equipo Vocacional, teniendo en cuenta los criterios establecidos en estas Constituciones.

 

8.      La admisión a la Hermandad, es un proceso que se da en varias etapas; de esta manera: es inicial cuando el candidato ingresa al noviciado; es formal cuando principia su juniorado y es plena cuando hace sus votos perpetuos.

 

 
ART. 36        PRINCIPIOS DE FORMACIÓN

 

1.      En nuestra fraternidad, la formación tiene por objeto ayudar a los hermanos a crecer como hombres, como cristianos y como consagrados, de manera que todos logremos lo más que sea posible, bajo la acción del Espíritu Santo, llegar al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo.[114]

 

2.      Nuestra formación debe estar cimentada en los principios bíblicos, es decir, en las leyes  eternas y universales que brotan de Dios, tales como los Diez mandamientos, las Bienaventuranzas, la Regla de Oro y todas las afirmaciones que nos presenta el Evangelio. Todos los valores y virtudes se fundamentan en estos principios; solo a la luz de estos podremos orientar correctamente nuestra vida.

 

3.      Las bases de nuestra formación son la Palabra de Dios, el Magisterio y Tradición de la Iglesia, las sanas costumbres de nuestro Instituto y el discernimiento de nuestros formadores y superiores, según las necesidades de las épocas y lugares.[115] Deseamos construir nuestras vidas sobre la Roca, que es Cristo; como Discípulos de Jesús deseamos escuchar su voz y dejarnos moldear por Él.

 

4.      En Cristo se encuentran encarnados y personalizados todos los valores auténticos, las virtudes y los frutos del Espíritu Santo. Sólo en Cristo se nos manifiesta lo que es el Hombre nuevo, según el proyecto de Dios.[116]

 

5.      Como Discípulos de Jesús, al igual que los primeros discípulos, entramos en un proceso de formación que abarca toda nuestra vida, siguiendo las distintas etapas del discipulado que el Señor realiza en nosotros: ser llamados por Él, estar con Él, formar la comunidad fraterna, dejarnos moldear y enseñar por Él, ser consagrados por Él y ser enviados por Él.[117] Todo esto se realiza en nosotros por la fe y a través de la mediación humana que Él mismo ha querido dejarnos en nuestras autoridades: el Papa, los Obispos y nuestros superiores y responsables de la formación.

 

6.      La dirección, corrección y evaluación que recibimos de nuestra legítima autoridad es normalmente el medio que el Señor utiliza para seguirnos formando. De este modo, si somos dóciles a Él, nuestra vida podrá ser fecunda y producir frutos abundantes. El Señor no sólo nos pide que seamos buenos, sino que demos fruto.[118]

 

7.      Educar para la libertad es la meta de nuestra formación; educar para una recta independencia en el pensar, en el amar y en el obrar. Creemos que  al seguir este proceso de formación continua estamos cultivando el don de la vocación y viviendo la fidelidad a Dios.[119]

 

8.      El plan de formación abarcará las siguientes etapas:

 

·        Postulantado: un año.

·        Noviciado: un año.

·        Juniorado o periodo de Profesión Temporal: tres años como mínimo.

·        Formación Permanente: toda la vida, a partir de la profesión perpetua.

 

9.      Los hermanos que tengan el llamado a la consagración clerical y sean aprobados por el Superior General, con el consentimiento de su Consejo, deben formarse mediante los cursos necesarios y el oportuno aprendizaje, ya espiritual, ya pastoral, de acuerdo con lo prescrito por el derecho común.

 

10.  La formación que se dé en este Instituto debe ser lo más integral, equilibrada y completa que sea posible, de modo que abarque todas las áreas de la persona. Deseamos que cada hermano desarrolle sus capacidades y carismas al máximo, siempre para edificación.  La formación debe abarcar las siguientes áreas:

 

 

 

 

ART. 37     FORMACIÓN EN EL ÁREA ESPIRITUAL.

 

1.      La Oración. Practicaremos la oración en sus distintas formas, especialmente la alabanza y la adoración, que nos conducen a la contemplación y a la comunión con el Señor.

 

2.      En nuestra Hermandad debe haber instrucción teórica y práctica sobre la  vida deoración de manera que aprendamos a entrar en la dinámica del Misterio de la Trinidad: al Padre por Cristo en el Espíritu Santo.

 

3.      Formación Bíblica. Leeremos, estudiaremos y meditaremos la Palabra de Dios, de manera personal y comunitaria, con una actitud obediente y tratando  de entenderla y aplicarla a nuestras vidas a la luz del Espíritu Santo, del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia.[120] El estudio de la Sagrada Escritura tendrá preeminencia en nuestra formación. En nuestros horarios destinaremos un tiempo considerable a la Palabra de Dios. Practicaremos la Lectio Divina, que tanto ha nutrido la espiritualidad de la Iglesia a lo largo de los siglos.

 

4.      La Sagrada Liturgia.  Nos esmeraremos en tener una adecuada formación litúrgica, para celebrar y hacer vida el culto al Señor con gran amor y conocimiento, a través de las fiestas, solemnidades y  tiempos que establece el año litúrgico, teniendo la Eucaristía como centro de nuestra  vida.[121]

 

 

ART. 38    ÁREA HUMANA

 

1.      La formación del Carácter. Los pensamientos producen palabras, las palabras acciones, las acciones repetidas producen hábitos, los hábitos el carácter y el carácter el destino eterno. El carácter se va formando a base de la práctica perseverante de las virtudes, de la adhesión a los valores  auténticos, de la apertura y obediencia al Espíritu para que en nosotros se desarrollen sus frutos, es decir, el carácter de Cristo.[122]

 

2.      Trabajaremos por ser hombres disciplinados, varoniles, constantes y tenaces en nuestras obligaciones y deberes, en todo nuestro ser y proceder. Fomentaremos una cultura del trabajo como algo que glorifica a Dios y a nosotros nos dignifica y santifica.

 

3.      Las relaciones interpersonales. Daremos gran importancia a las relaciones interpersonales. Deseamos aprender a relacionarnos según nos enseña la Palabra de Dios en la verdad, en el amor, en el respeto, el honor y la fidelidad, como hermanos en Cristo, por encima de nuestras diferencias de educación, costumbres, temperamento, cultura, cualidades o defectos. Si realmente somos discípulos de Cristo, obedientes a sus enseñanzas, nunca habrá un conflicto entre nosotros que no pueda resolverse.[123]

 

4.      La afectividad y las emociones. Cuidaremos de que nuestra afectividad y vida emocional se desarrolle en forma equilibrada y armoniosa. Las emociones en sí mismas pueden ser buenas o malas, según la orientación que se les dé; no debemos dejarnos dominar por ellas, deben ser encausadas de manera correcta por la voluntad y la inteligencia que, a su vez, estarán sometidas a la mente y a la voluntad de Dios.

 

5.      Como seres humanos tenemos la capacidad de amar. Entregar al Señor nuestros afectos es algo esencial en nuestra consagración. A semejanza de Jesús aprenderemos a relacionarnos con libertad interior con toda clase de personas: hombres, mujeres, niños, familias, creyentes o no, dando a cada uno su lugar  y respetando su dignidad como persona humana e hijo de Dios. Valoraremos la amistad y el amor fraterno, que son el mejor medio para madurar afectivamente.

 

6.      Descanso y recreación. Debemos  aprender a descansar y divertirnos sanamente, en  el  sentido  de  no  dejarnos envolver por el exceso de trabajo y el activismo. El descanso ha de entenderse como un  espacio necesario que nos ayuda a recuperar las energías y nos dispone a la vida de oración, a la fraternidad y a seguir trabajando en bien de la obra de Dios. También en ello hemos de disciplinarnos; cuidaremos especialmente el descanso de la noche.

 

7.      El deporte se fomentará sobre todo en las etapas iniciales de formación. Se incluirá en el horario de cada casa un tiempo para practicar deporte en grupo, ya que además de ayudar a la salud física y mental, tiene las ventajas de propiciar la convivencia y estimular el desarrollo del carácter.

 

8.      Se alentará el desarrollo de las capacidades artísticas de los hermanos, especialmente la música y el canto, que son elementos propios de nuestra espiritualidad y un medio excelente para celebrar al Señor. En los programas de formación no deben faltar las clases de música.[124]

9.      Tendremos un sano discernimiento en cuanto a los medios para la recreación. Debemos desechar todo lo que no edifica y no nos conduce a alcanzar nuestro objetivo supremo: Jesucristo. Sin embargo hemos de evitar toda visión parcial, polarizada y desencarnada del hombre que pueda llevarnos a caer en “angelismos”. Cuidaremos de tener un equilibrado concepto antropológico del ser humano, pues no solo somos espíritus, sino hombres de carne y hueso, con necesidades humanas. Jesucristo, a quien seguimos no solo es Dios, sino Dios y Hombre verdadero.

 

 

ART. 39     FORMACIÓN EN EL  ÁREA PASTORAL

 

1.      En cualquier servicio o ministerio que desempeñemos debemos mantener una actitud de humildad y de responsabilidad. Lucharemos por formar en nosotros un corazón de siervo, al igual que Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir.[125]

2.      Aprenderemos a organizar nuestras actividades apostólicas de manera práctica y disciplinada. Deseamos desgastar nuestras vidas por el Reino de Dios, pero no dejaremos que el apostolado ocupe un lugar más importante que nuestra vida de oración y de fraternidad.

 

3.      Siendo nuestra misión la evangelización, el discipulado y la formación de comunidades cristianas, la formación para el apostolado será una prioridad en  nuestra Hermandad. Tal formación será teórica y práctica, ejerciendo el discernimiento de modo que en el apostolado apliquemos aquello que realmente dé fruto, edifique y haga crecer a las personas y a las comunidades a quienes servimos.

 

4.      En la formación para el apostolado hemos de profundizar en la conciencia de que somos enviados por Dios, por la Iglesia y por nuestra Hermandad; se trata de un envío para cumplir la misión que el Señor  nos encomienda.

 

 

ART. 40     FORMACIÓN EN EL ÁREA INTELECTUAL.

             

1.      Formación doctrinal.  Los estudios filosóficos, teológicos, pedagógicos, pastorales, o de cualquier índole deben hacerse con la finalidad de afianzar nuestra formación y de capacitarnos para servir mejor al pueblo de Dios. En el caso de hermanos que aspiren a otro tipo de estudios, disciérnase si estos son para bien de la Hermandad y de su misión.

 

2.      Vida consagrada.  La formación para la vida consagrada será a través de cursos, retiros, lecturas y sobre todo en nuestra vida cotidiana, tratando de vivir y renovar diariamente nuestra consagración a Dios para crecer y profundizar en nuestra identidad como hombres, como cristianos, como consagrados y como discípulos de Jesús.

 

3.      Debemos tener la mayor apertura posible al Espíritu Santo para que Él, de manera directa y a través de la formación que recibimos por medio de la autoridad, la dirección espiritual, la animación y la corrección fraterna, ponga en orden todas las áreas de nuestra vida, forme en nosotros la mente, la voluntad y los sentimientos de Cristo y podamos así glorificar al Padre en nuestros pensamientos, palabras y acciones

 
 
ART. 41     LOS RESPONSABLES DE LA FORMACIÓN

 

1.      Los responsables de la formación son en primer lugar los que tienen la autoridad en el Instituto, tanto el Superior mayor como los demás Superiores. Además, los responsables de la formación somos  todos los miembros del Instituto, en el sentido de que no habrá progreso en la formación si no aspiramos a seguir avanzando y madurando como hombres de Dios, abiertos a la acción creativa y transformadora del Espíritu Santo, que desea configurarnos cada vez más con Jesucristo Hijo de Dios y Hombre Perfecto.

 

2.      El encargado de la etapa, instruirá a quienes están bajo su formación, a que aprendan a servir al hermano que está enfermo, anciano o minusválido[126]. Siendo parte muy importante de todo su proceso de madurez, cultivándose siempre esta actitud, aún en su etapa de formación permanente.

 

3.      Todos debemos sentirnos responsables unos de otros contribuyendo a la creación de un ambiente fuerte de celo por la gloria de Dios, de fraternidad y espiritualidad varonil que favorezca el crecimiento de todos, especialmente por medio de la oración y el buen ejemplo.

 

4.      Son responsables de la formación de los postulantes, de los novicios y de los juniores los hermanos de votos perpetuos designados para atender de una manera más directa este ministerio, los cuales deben tener la madurez, el discernimiento y la preparación necesaria para realizar esta labor tan importante para el futuro del Instituto.

 

5.      De ser necesario, podrá aceptarse el caso de que un hermano junior, que haya terminado su formación inicial y de madurez comprobada, brinde un servicio como auxiliar de la formación; situación que será discernida y aprobada con anterioridad por el Consejo General.

 

6.      A estos hermanos formadores se les dejará libres de otras ocupaciones que les impidan dedicarse a este servicio.

 

7.      Los formadores a su vez, deberán ser dignos exponentes del testimonio de la caridad durante el proceso de apoyo a los formandos, de no ser así, lo más sabio es proceder a algún cambio necesario.

 

8.      Los responsables de las etapas de formación inicial tendrán como una de sus funciones prioritarias dar el acompañamiento fraterno a los hermanos que se le han encomendado.

 

9.      Los responsables de la Formación Permanente cuidarán que los hermanos de votos perpetuos tengan un adecuado acompañamiento con quienes ellos hayan elegido.

 

10.  Se deberá seguir atentamente el derecho universal en los casos siguientes: El paso de un religioso de un  Instituto a otro, la exclaustración, la readmisión, la salida definitiva,  la expulsión de un religioso de votos temporales o perpetuos[127].

 

 

ART. 42         POSTULANTADO

 

1.      El Postulantado es la etapa introductoria o de preparación a la vida religiosa en la Hermandad  Discípulos de Jesús.

 

2.      Los candidatos que deseen ingresar deberán pasar un año como postulantes, viviendo en una casa destinada para ello, atendidos por un equipo presidido por un hermano de votos perpetuos capaz de transmitirles la visión de la Hermandad, los elementos básicos de la vida cristiana, los forme en la disciplina y práctica que deberán llevar si llegan a ingresar, discernir si sus motivaciones son correctas y si reúnen los requisitos como:

 

3.      Edad necesaria, salud, carácter adecuado, nivel mínimo de estudios (bachillerato) y cualidades suficientes de madurez para abrazar la vida propia de la Hermandad.[128]

 

4.      El maestro de postulantes ayudará a los candidatos a clarificar su vocación y apoyarlos en su crecimiento. Ejerciendo un discernimiento correcto, reténgase solamente a los que son idóneos.

 

5.      Cumplido el tiempo de Postulantado, el maestro, ayudado por los hermanos de su equipo, disciernan a cada uno de los candidatos. Teniendo en  cuenta tal parecer, el Superior General, con el consentimiento de su Consejo, podrá admitirlo.

6.      El Postulantado podrá prolongarse más tiempo según la situación personal de cada candidato a  juicio del maestro  de  postulantes  y  del  equipo de formación con el consentimiento del Superior General [129]. Para la admisión de los candidatos al noviciado obsérvese lo que determina el derecho común y  el derecho propio.

 

7.      Las normas propias del postulantado están incluidas en el Directorio de Formación.

 

 

ART. 43         NOVICIADO

 

1.      El noviciado[130], con el que comienza la vida en la Hermandad Discípulos de Jesús, tiene como finalidad  que  los  novicios   conozcan  más  plenamente la vocación divina, particularmente la que nos es propia como Hermandad, que prueben  nuestro modo de vida, que conformen su mente y su corazón con el espíritu que nos es propio y puedan ser comprobadas su intención e idoneidad.

 

2.      El noviciado durará un año íntegro y deberá hacerse en una casa especialmente designada para esta finalidad. En esta misma casa vivirán uno a más hermanos de conducta ejemplar que deberán apoyar al maestro y formar equipo con él en la formación de los novicios, para lo cual no estarán impedidos por otros trabajos.

 

3.      Los novicios se formarán bajo la dirección de un maestro que debe ser un hermano de votos perpetuos, de virtud probada, con sólido conocimiento y amor a la Hermandad, legítimamente designado, que tenga la debida preparación y disponga del tiempo necesario para cumplir sus funciones con fruto y de  manera estable.

 

4.      El maestro y sus colaboradores deberán, con toda dedicación, ir formando gradualmente a los novicios para que cultiven y vivan las virtudes humanas y cristianas según los programas de formación especificados en el Directorio de Formación.

 

5.      Los llevarán por un camino de mayor perfección mediante la oración, el estudio y la abnegación de sí mismos. Deben ser formados y formarse ellos mismos en la oración comunitaria y personal, así como, con el debido equilibrio, en las prácticas de mortificación y penitencia siempre en fidelidad a nuestro Carisma.

 

6.      Finalmente, deberán llenarse de amor y veneración a la Iglesia y a sus Pastores, conscientes de que, como personas y como Hermandad, formamos parte de la Iglesia y debemos estar firmemente adheridos a ella.

 

7.      Los llevarán por un camino de mayor perfección mediante la oración, el estudio y la abnegación de sí mismos. Deben ser formados y formarse ellos mismos en la oración comunitaria y personal, así como, con el debido equilibrio, en las prácticas de mortificación y penitencia siempre en fidelidad a nuestro Carisma.

 

8.      Finalmente, deberán llenarse de amor y veneración a la Iglesia y a sus Pastores, conscientes de que, como personas y como Hermandad, formamos parte de la Iglesia y debemos estar firmemente adheridos a ella.

 

 

ART. 44         ALIANZA TEMPORAL

 

1.        Por la profesión religiosa, los hermanos abrazan con voto público[131], para vivirlos, los tres consejos evangélicos. Se  consagran a Dios por el ministerio de la Iglesia y se incorporan a la Hermandad con los derechos y deberes  determinados por el derecho común y por el derecho propio.

 

2.        La profesión temporal se hará por un año y se renovará al término de cada año hasta completar cuatro años, sin embargo, el período de profesión temporal puede prolongarse hasta un tiempo máximo de seis años. Admite a y recibe la Alianza temporal y su renovación el Superior General con el consentimiento de su Consejo, teniendo en cuenta el discernimiento del equipo formador y cumplidos los requisitos canónicos[132].

 

3.        La consagración que se recibe por la Alianza temporal es ya una pertenencia a la Hermandad, que alcanzará su plenitud cuando el hermano realice su profesión perpetua.

 

 

 

 

ART. 45         JUNIORADO

 

1.      Los hermanos que han concluido el noviciado y han hecho su primera Alianza temporal continuarán su formación a un nivel de mayor amplitud y profundidad, de manera que sigan afianzándose y madurando en todas las áreas para que  vivan con mayor plenitud la vida propia de nuestro Instituto y cumplan mejor su misión[133].

 

2.      En esta etapa de formación los juniores tendrán una experiencia más amplia de apostolado propio de la Hermandad.

 

3.      Los juniores de cada etapa podrán vivir en una casa de formación bajo la dirección de un maestro apoyado por un equipo; serán  hermanos de votos perpetuos con la madurez y capacidad necesarias, designados todos ellos por el Superior General con el consentimiento de su Consejo.

 

4.      Sin embargo, si por necesidades propias del Instituto y si es más conveniente a su proceso de formación, los juniores podrán vivir insertos en diferentes casas de la Hermandad. En tal caso deberá asignarse en cada casa un hermano de votos perpetuos para que apoye su formación personalmente. Estos hermanos harán equipo para cuidar el proceso de formación de los juniores. Serán nombrados por el Superior General.

 

5.      Durante el tiempo dedicado a esta formación no se confíen a los hermanos funciones o trabajos que la impidan.

 

6.      El plan de formación deberá actualizarse periódicamente, atendiendo a las necesidades de la Iglesia, a las  circunstancias de los hombres y de los tiempos, tal como lo exige el fin y el carácter de la Hermandad.

 

7.      La formación ha de ser sistemática, acomodada a la capacidad de los miembros, espiritual, filosófica y pastoral,  doctrinal y a la vez práctica y también, si es oportuno, con la obtención de los títulos pertinentes, tanto eclesiásticos como civiles[134].

 

8.      En el Directorio de formación se especifica ampliamente lo relativo a los cursos y enseñanzas de cada etapa.

 

9.      El Superior General nombrará un prefecto de estudios para los juniores o profesos temporales. Dicho hermano se encargará de supervisar el plan de formación y hará equipo con el maestro de juniores o con los hermanos que en cada casa apoyen la formación de los mismos, según sea el caso.

 

10.  Después de tres años de Alianza temporal los juniores tendrán una experiencia mayor de apostolado interno o externo que durará un año o más, según se discierna por el equipo formador.

 

11.  Habiendo aprobado su formación inicial y concluido el tiempo de Alianza temporal los hermanos podrán solicitar la Alianza Perpetua al Superior General.

 

 

ART. 46         ALIANZA  PERPETUA

 

1.      La Alianza perpetua se realiza después de que el hermano haya pasado como mínimo cuatro años de  Alianza temporal, que tenga al menos 21 años de edad ya cumplidos, que posea suficiente madurez  humana, espiritual, psicológica y afectiva, que libremente desee ser consagrado a Dios para toda la vida  en esta Hermandad mediante los votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, y sea admitido por el Superior General con el consentimiento de su Consejo, haciendo ante el Superior la profesión perpetua, la cual es una alianza de amor con Dios y con los condiscípulos para siempre[135].

2.      La fidelidad a esta alianza no es algo privado entre Dios y la persona, sino que es comunitario, eclesial. La Iglesia y la Hermandad viven en el religioso su fidelidad a Dios, cuentan con ella, tienen derecho a pedírsela, así como obligación de ayudarle y de rogar por él.

 

3.      A través de la Alianza perpetua, los hermanos nos prometemos fidelidad, comunión y amistad hasta la muerte. Quedamos vinculados unos a otros dentro del ámbito sagrado del seguimiento de Cristo en esta familia espiritual.

 

4.      Los hermanos que aspiran a la Alianza perpetua deberán tomar un retiro de preparación. Este retiro deberá ser guiado.

 

5.      El hermano consagrado ya no se pertenece a sí mismo, ahora pertenece totalmente al Señor y a sus hermanos, con quienes compartirá su vida en mutua fidelidad, en comunión y participación teniendo un solo corazón y una sola alma.

 

6.      Los hermanos que ya pertenecen plenamente a la Hermandad, una vez admitido el nuevo hermano, le darán la bienvenida de todo corazón y harán fiesta por él.

 

 

ART. 47         LA  FORMACIÓN PERMANENTE

 

1.      La formación permanente es aquella que inicia después de la profesión perpetua y continúa durante toda la vida. Es una exigencia. Abarca las áreas humana, espiritual, doctrinal, intelectual y pastoral, haciendo uso de los medios de crecimiento[136].

 

2.      Los objetivos de la formación permanente son:

 

a.       Animar y acrecentar la fidelidad a Cristo y a la Iglesia viviendo con plenitud nuestra consagración y profundizando cada vez más en ella.

 

b.      Profundizar, integrar y vivir nuestro Carisma y espiritualidad como Discípulos de Jesús en nuestra vida personal, comunitaria, eclesial y apostólica.

 

c.       Apoyar una continua asimilación  de los valores evangélicos cimentándonos en la Palabra de Dios, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

 

d.      Fomentar el crecimiento integral de la persona hacia su plena realización en Cristo.

 

e.       Responder a la realidad y necesidades de la Iglesia y del hombre mediante el discernimiento de los signos de los tiempos a la luz del Espíritu.

 

3.      Los primeros responsables de la formación permanente en nuestra Hermandad somos  cada uno de sus miembros. Pero es también responsabilidad de la misma comunidad porque constituye el lugar en el cual se expresa y se desarrolla la vida consagrada en la unidad dinámica de los hermanos. “ es signo de la venida de Cristo y fuente de gran energía apostólica.[137]

 

4.      Es responsabilidad del superior general y su consejo el proporcionar esta formación a los miembros del instituto. Para ello delegará la realización y adaptación del plan de formación permanente a un equipo de hermanos de votos perpetuos, pero él mismo será quien revise,  apruebe, evalúe y vele por el cumplimiento de dicho plan[138].

 

 

ART.  48        ELEMENTOS DE LA FORMACIÓN PERMANENTE

 

1.      Algunos elementos propios para la formación permanente son:

 

 

a)      La vivencia diaria de oración tanto personal como comunitaria.

b)      Alimentarnos constantemente de la Palabra.

c)      Participación en la vida litúrgica y sacramental, sobre todo de la Eucaristía y la reconciliación.

d)      Retiros comunitarios y personales  que tienen como finalidad estimular y fortalecer la relación con Dios, la vida fraterna y captar la visión  y la voluntad de Dios para nuestra vida y servicio pastoral.

e)      Periódicamente reunirnos para compartir enseñanzas que nos ayuden en todas las áreas de nuestra vida.

f)        Reunión semanal en célula,  para compartir nuestras experiencias en la vida,  con una duración  aproxima de dos horas.

g)      Esforzándonos por mantener en nuestras casas un ambiente acogedor, fraterno, de hombres consagrados miembros de una familia.

h)      Acompañamiento fraterno. Cada hermano deberá ser acompañado por el hermano de votos perpetuos de su elección, enterando a su Superior. Para dicho acompañamiento han de entrevistarse periódicamente.

i)        Dirección espiritual. Nos ayudará a orientar nuestra vida y descubrir la voluntad de Dios.

j)        Aplicarnos y especializarnos mediante estudios en lo espiritual, doctrinal, pastoral y práctico.

 

2.      El Señor quiere que nos desarrollemos y maduremos en todos los aspectos; mientras más libre, congruente y gozosamente vivamos nuestra consagración abriéndonos al amor y al servicio desinteresado a todos, más iremos madurando como personas y asemejándonos a Cristo.

 

 
ART.   49   FIDELIDAD Y PERSEVERANCIA

 

1.      Dios es amor. Él es el Fiel[139]. Dios se comprometió con su Pueblo mediante la Alianza con un amor libre, gratuito, inmerecido, anticipado y misericordioso. Él es el Dios que llama al Pueblo de los creyentes a responderle con igual fidelidad.

 

2.      Amar significa comprometerse fielmente a favor de alguien. La fidelidad, en nuestro contexto,  es  el compromiso de amor con quien sabemos que nos ama y con nuestros hermanos.

 

3.      Nuestra  norma suprema es  el seguimiento o imitación de Cristo propuesto en el Evangelio y expresado en nuestras Constituciones[140].

 

4.      Este seguimiento de Cristo lo realizamos, no en forma aislada ni individualista, sino en unidad con otros hermanos que han hecho la misma decisión. Hemos establecido una relación de alianza con Dios y también unos con otros. Avanzando en comunión con el Señor y con los hermanos es como mejor podemos crecer y perseverar en la fidelidad a nuestra vocación.

 

5.      La unidad interior y la madurez personal sólo se dan si nos identificamos cada vez más profundamente con lo que somos: hombres consagrados en una relación personal con Jesucristo; relación de mutuo amor, entrega y fidelidad.

6.      Nuestra fidelidad y perseverancia dependerán de que:

 

a)      Renovemos y profundicemos nuestra consagración a  Dios. Si no nos abrimos cada vez más al amor de Dios, no podremos  avanzar  en la vida espiritual.

 

b)      Sigamos dando pasos en la comunión con el Señor y con nuestros hermanos condiscípulos.

 

c)      Tengamos una actitud de continua conversión y de una progresiva participación en el  Misterio Pascual de Cristo[141].

 

d)      Renunciemos día a día a todo lo que pueda ser un obstáculo que  impida avanzar en la ruta que ya nos hemos trazado[142]. Aquí el criterio es evitar todo lo que no edifica, lo que no produce buenos frutos, lo que no glorifica a Dios[143].

 

e)      Enfrentarnos el combate espiritual usando las armas invencibles de Dios: la verdad, la rectitud,  el celo por la evangelización, la fe, la certeza de  la salvación en Cristo, la Palabra de Dios, la oración en el Espíritu, la comunión fraterna, la perseverancia y la intercesión[144].

 

f)        Tengamos una total confianza en Dios, lo alabemos y le demos gracias en todo momento, ya que en todas las cosas Él interviene para bien de quienes lo aman[145].

 

7.      En nuestro caminar habrá dificultades. Dios no garantiza la calma: si han perseguido a Jesús nuestro Maestro y Señor, nos espera igual suerte a los discípulos[146]; pero sí garantiza su ayuda y su presencia fiel: será el Dios-con-nosotros a lo largo del camino[147].

 

8.      Las pruebas enfrentadas con espíritu de fe nos ayudan a comprender el Misterio de Cristo y a descubrir de manera existencial la cruz como sabiduría de Dios. Él sabe que necesitamos entrar en el Misterio Pascual, muriendo al hombre viejo para que surja el hombre nuevo[148].

 

9.      Dios nos pone a prueba y nos  acrisola como el oro y la plata[149] para purificarnos y transformarnos, así vamos aprendiendo a obedecer, a despojarnos,  a amar y a sufrir como Cristo[150].

 

10.  A través de las pruebas se van manifestando nuestras inconsistencias psicológicas y espirituales. Esto nos da la oportunidad de confrontarnos e identificarnos a un nivel cada vez más real y profundo con la persona de Jesucristo y de Jesucristo crucificado[151].

 

11.  Por la consagración, Dios repite su “Sí” al hombre, su amor, cumple sus promesas; y en la medida en que nosotros,  a pesar de nuestras limitaciones e incoherencias nos esforzamos por corresponder, el Pueblo da su “Amén” al amor de Dios, ve y espera la vida futura[152].

 

12.  El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad y con su gracia hace posible que vivamos nuestra Alianza con Dios. Él es quien nos unge e impulsa  a ser fieles y perseverantes en nuestra vocación, por ello debemos invocarlo y pedir su asistencia en cada momento.

 

13.  En María, “la Madre del religioso”[153] encontramos no sólo un Modelo sublime de consagración, sino un apoyo especial para perseverar en la fidelidad a Dios[154]. En efecto, a través de Ella el Espíritu Santo nos comunica aquel amor que permite ofrecer cada día la vida por Cristo. Por eso, la relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad y la perseverancia en la vocación recibida y para vivirla en plenitud[155].

 

14.  Es vital comenzar ya aquí en la tierra la bienaventuranza del Cielo viviendo en la presencia del Señor, viviendo en su luz, en su amor. Somos seres para la eternidad; la primacía de Dios da plenitud de sentido y de alegría a nuestra existencia humana porque hemos sido creados para Dios y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él[156].

 

15.  Hemos de estar preparados y esperar la muerte como acto de amor supremo y de entrega total de nosotros mismos a Dios[157].

 

 

CAPÍTULO VII           GOBIERNO DEL INSTITUTO

 

ART. 50         AUTORIDAD EN EL INSTITUTO

 

1.      En nuestra Hermandad todos y cada uno debemos estar en todo momento bajo el reinado de Jesucristo, nuestro único Señor y Maestro. Entendemos la autoridad y obediencia desde Su Persona. Él es quien nos gobierna. Él es quien mediante la acción de su Espíritu crea en nosotros un espíritu y un corazón nuevos, grabando su Ley en nuestro interior[158] para que vivamos cada vez más en la voluntad del Padre y abandonados a su infinito amor y sabiduría.

 

2.      Cristo  ejerció su autoridad  como servicio humilde de amor[159], como búsqueda eficaz                               del verdadero bien de sus discípulos. La autoridad recibida de Dios a través del ministerio de la Iglesia, es una vocación de servicio[160].  Sólo  en la medida que se ejerza como servicio humilde de amor a los hermanos, redundará en beneficio sobrenatural para el mismo que la ejerce.

 

3.      Del mismo modo que la Iglesia está constituida jerárquicamente, y en ella hay autoridad representativa de Cristo y establecida por Él, así también en nuestro Instituto tiene que haber una autoridad que, haciendo las veces de la autoridad jerárquica de la Iglesia, represente y haga visible la autoridad de Cristo. La autoridad en nuestra Hermandad procede del Espíritu del Señor en unión con la Sagrada Jerarquía y es, por lo mismo, expresión y signo visible de Jesucristo el Señor y de la autoridad jerárquica de la Iglesia.

 

4.      La autoridad deberá estar totalmente subordinada al Espíritu Santo ya que tiene como misión obedecer y ayudar a obedecer al Espíritu. Él  actúa en cada uno de los hermanos como amor, como ley interior y a su vez, actúa y se expresa por medio de los Superiores.

 

5.      En nuestra Congregación, Jesucristo es la única y suprema Autoridad, por eso toda autoridad entre nosotros es relativa y subordinada a la autoridad de Jesucristo, que está vivo y es el Señor. Todo hermano en el ejercicio de la autoridad busque expresar la persona y autoridad de Cristo, único Pastor, Maestro y Señor.

 

6.      Todo Superior en nuestro Instituto ejerce su servicio en subordinación a Jesucristo, a las autoridades superiores a él, a nuestro carisma y nuestra misión y está al servicio del bien integral de las personas del Instituto.

 

7.      El gobierno  debe entenderse en fraternidad, desde la fraternidad y para la fraternidad. Autoridad y fraternidad se implican y se explican mutuamente.

 

8.      Cristo es el centro y el principio activo de unidad y de comunión entre nosotros. La Hermandad se articula y se construye en torno a Jesús. En cuanto autoridad, Cristo se hace visible en los hermanos que lo representan como autoridad, es decir, como diakonía o servicio de amor que busca la unidad y el bien de los hermanos.

 

 

ART. 51         EL SERVICIO DE LA AUTORIDAD

 

1.      La misión esencial del gobierno en nuestro Instituto es crear comunidad, cooperar con el Espíritu y, en dependencia de Él, en la tarea de todos los días de ir construyendo la comunión de cada uno y de todos con Jesús y, desde Él, de todos entre sí, ofreciendo los medios más aptos y creando las mejores condiciones para que esta comunión no sólo sea posible, sino que se convierta, de hecho, en la gran preocupación y tarea de todos los miembros de la Hermandad.

 

2.      La autoridad tiene la misión de favorecer el crecimiento de las personas, de ayudarlas a madurar y al mismo tiempo debe promover la comunidad, la cual, si funciona bien, favorece el desarrollo integral de las personas, según la voluntad de Dios[161]. Y éstas, mientras más maduras sean, más capaces serán de formar comunidad.

 

3.      Para esto, nada mejor que un ambiente de caridad que se expresa en la confianza hacia los hermanos, una confianza que espera lo mejor de cada uno.

 

4.      En nuestra Congregación los Superiores son los primeros responsables de buscar las mejores condiciones para que todos y cada uno encuentren en el Instituto  apoyo, comprensión, calor humano y divino, confianza, libertad y posibilidad de relaciones personales profundas en Cristo, desde Cristo y hacia Cristo.

 

5.      El gobierno en nuestra Hermandad tiene el deber de garantizar el legítimo pluralismo en cuanto a formas y modos de ser y de actuar asegurando, al mismo tiempo, la unidad fundamental.

 

6.      En cada casa se realiza, de manera inmediata y concreta, la fraternidad y los hermanos de todas las casas, portadores de un mismo carisma, de un mismo espíritu, de unos mismos ideales y bajo un gobierno común, forman una sola familia espiritual.

 

7.     En nuestro Instituto, lo jurídico y lo institucional no debe sofocar ni impedir lo sobrenatural y carismático, sino que debe custodiarlo y promoverlo.

 

 

ART. 52 EL CAPITULO GENERAL: ESTRUCTURA Y FINALIDAD

 

1.      Dentro de nuestra Hermandad, quien tiene la máxima autoridad es el Capítulo General subordinado al Espíritu Santo y al servicio del Carisma a tenor de las Constituciones.

 

2.      La finalidad del Capítulo es legislar y decidir sobre asuntos en los que todos los hermanos deben participar, ya sea directamente o a través de sus representantes[162].

 

3.      El Capítulo general debe representar realmente a todo el Instituto. En nuestro caso, mientras el número de hermanos que han hecho la profesión perpetua no sea mayor de cincuenta, deberán participar todos. Cuando el número de profesos perpetuos sea superior a cincuenta deberán participar solamente:

 

a) El Superior General, el Vicario General, sus Consejeros, el Secretario y el Ecónomo General.

 

b) Los Superiores locales.

c) Los hermanos de votos perpetuos que sean elegidos (uno por casa).

 

d) Algún otro hermano que por su servicio así lo requiera y lo determine el superior general y su consejo.

 

4.      El Capítulo celébrese de tal forma que se fomente la unidad y la caridad fraterna. El Capítulo es un acontecimiento de gracia de parte de Dios y un compromiso de parte nuestra. Debemos tener una actitud de docilidad al Espíritu Santo para aprender y estar atentos a su voz, dejándonos conducir por Él. Esto implica pureza de corazón, ausencia de prejuicios y apertura al hermano. Debemos tener también una actitud de conversión para desear sinceramente corregir las propias deficiencias y abrirnos a la voz de Dios aceptando su Voluntad. Esto implica estar dispuestos a renunciar a las propias seguridades y egoísmos que bloquean la acción del Espíritu y la comunión fraterna.

 

5.      El Capítulo debe celebrarse por lo menos a tres niveles:

 

1. A nivel de fe y oración. Que las celebraciones litúrgicas y asambleas de oración tengan el primer lugar.

 

2. A nivel de fraternidad. Que se favorezca el diálogo, la comunicación, la amistad, el trabajo en equipo, etc.

 

3. A nivel de estudio y reflexión sobre el ser y el quehacer del Instituto.

 

6.      El primer responsable de la preparación y realización del Capítulo General es el Superior General ayudado por sus Consejeros en funciones; a él corresponde anunciar y convocar el Capítulo, el cual deberá celebrarse cada tres años.

 

7.      Para que el Capítulo sea válido se requiere la participación de las dos terceras partes de quienes fueron convocados [163].

 

8.      Las sesiones del Capítulo no pueden proceder adecuadamente sin la presencia y actuación de los siguientes elementos:

 

a) Presidente del Capítulo. Será el Superior General en funciones hasta que sea elegido el nuevo.

 

b) Dos escrutadores. A los cuales designa el Capítulo antes de iniciarse las votaciones; a ellos corresponde recoger los votos, inspeccionarlos, contarlos, notificar el resultado a la asamblea y firmar las actas.

 

c) Moderador. Es quien preside el Capítulo en caso de que no lo haga el Superior General; su quehacer consiste en garantizar que todos puedan intervenir, que lo hagan con orden y sin privilegios, que las sesiones comiencen y terminen a la hora prefijada.

 

d) Secretario del Capítulo. Se ocupa de redactar las actas con fidelidad y exactitud. Debe elegirse en la primera sesión, hasta entonces hace sus veces el Secretario General.

 

e) Técnico canonista. Si no existe capitular que lo sea. Su función consiste en asesorar sobre forma y procedimiento capitulares para evitar irregularidades involuntarias. Asiste sin voto. Es suficiente con que esté disponible para consultarlo.

f) Reglamento capitular. Se lleva uno previamente elaborado para ahorrar tiempo y se aprueba en el Capítulo. Su contenido básico debe ser: 1. Competencia de cada uno, sobre todo del Presidente, Moderador, Secretario y Escrutadores; 2. Fijación de los requisitos y mayorías necesarias para la validez de los actos; 3. Condiciones que garanticen una normal y justa marcha capitular salvaguardando derechos, secreto, etc.; 4. Fijación preventiva de la  duración, horario, sesiones. etc.

 

9.      El reglamento es ejecutado y hecho cumplir por el Presidente y el Moderador. Admite acomodaciones previamente aprobadas.

 

10.  Todos los miembros del Instituto tienen derecho de petición ante el Capítulo. Ni los Superiores ni el Gobierno General pueden interceptar ni relegar al olvido las propuestas que, para el bien del Instituto, presente cualquiera de los hermanos. El capítulo tiene la obligación de dedicar al menos una sesión para considerar las propuestas o peticiones y darles una respuesta, teniendo en cuenta el bien del Instituto y de la persona que las representa.

 

 

ART. 53         LAS ELECCIONES CAPITULARES

 

1.      La elección del Superior General deberá ser por medio de votación secreta de los  capitulares y atendiendo a las normas que rigen una elección canónica[164]; esto supone la aceptación del  elegido y el juramento que debe hacer[165].

 

2.      La elección del Superior General se realizará cada tres años, que es el período que durará en su cargo. Podrá ser reelegido para un segundo trienio, pero para un tercer trienio se requiere que hayan pasado tres años sin ser Superior General.

 

3.      Lo anterior se aplica también en el caso del Vicario General, y los Consejeros.

 

4.      Los consejeros deben ser tres, se eligen por el mismo proceso y serán designados en orden de precedencia: primero, segundo y tercero.

 

 

 

ART. 54         ASUNTOS A TRATAR EN EL CAPÍTULO GENERAL

 

1.      En el Capítulo se deben tratar solamente los asuntos que por su naturaleza y volumen afecten a todo el Instituto y desborden la competencia de los órganos inferiores de gobierno, por ejemplo:

 

a) Defensa y promoción del patrimonio espiritual del Instituto, como es su Carisma propio, su naturaleza, su espíritu, su carácter distintivo , objetivos y misión. Este patrimonio seguirá desarrollándose y perfeccionándose, buscando siempre una mayor fidelidad y apertura al Espíritu Santo, que es quien ha suscitado el  Instituto y quien lo debe gobernar.

 

b) Promoción de la renovación del Instituto.

 

c) Elección del Superior General, del Vicario General y miembros del Consejo General, cuando terminen su servicio.

 

d) Emanación de normas para todo el Instituto.

 

e) Reforma de las Constituciones. Para esto se requiere el voto de las dos terceras partes del Capítulo y la aprobación del Obispo diocesano.

 

f) Agregación de otro Instituto al propio.

 

g) Determinación económica o cuotas de las casas al gobierno general y otros asuntos que se deducen por analogía de los dichos.

 

h) Líneas de acción para el siguiente trienio.

 

2.      El Capítulo General puede orientar, exhortar o dar normas obligatorias para todos los miembros del Instituto (si se cuenta con las dos terceras partes de votos). Procure hacerlo moderadamente y con prudencia; si se logra la renovación, el fervor y la disciplina por medio de exhortaciones y orientaciones doctrinales sin tener que recurrir a normas obligatorias, será un síntoma de que hay un buen espíritu en nuestro Instituto. Sin embargo, hay que tener en cuenta el asunto de que se trate, así como la situación histórica.

 

 

ART. 55         EL SUPERIOR GENERAL

 

1.      Es el hermano que, elegido por el Capítulo General, ha recibido de Dios por el ministerio de la Iglesia la potestad de gobierno sobre todas las casas y miembros del Instituto[166].

 

2.      Debe ejercer su oficio con espíritu de servicio a tenor del derecho común y del propio.

 

3.      Para elegir el Superior General obsérvense las normas del derecho universal y del propio; téngase presente solamente a Dios y el bien del Instituto; elíjase a quien se considere en el Señor el más digno[167] y capaz de conducir a sus hermanos en la fidelidad y obediencia a Dios, en la unidad fraterna y en el servicio. Que sea clérigo, que tenga al menos cinco años de haber hecho su alianza perpetua en la Hermandad, haya desempeñado con fruto otros servicios y haya demostrado plena adhesión al Instituto, a sus objetivos y Carisma particular.

 

4.      Buscando en todo la Voluntad del Señor, el Superior General gobierne a los miembros del Instituto como a hermanos e hijos de Dios, muestre  veneración y respeto a la persona humana, promueva la unidad y la obediencia voluntaria, visítelos y óigalos de buen  grado, cumpla especialmente con la visita canónica a  cada Casa, entrevistándose con cada uno de los hermanos, la cual  deberá efectuar cada año. Fomente las iniciativas  y aspiraciones para el bien de la Hermandad y de la Iglesia, quedando sin embargo siempre a salvo su autoridad de decidir y de mandar lo que deba hacerse. Clarifique y trasmita la visión de Dios para el  Instituto, los objetivos y el afán por la excelencia. El Superior General tenga en cuenta que él es el primer  responsable ante Dios de que las decisiones que se tomen sean  para el bien del Instituto según la Voluntad del Señor y de que éstas se lleven a la práctica[168].

 

5.      Todos los hermanos en espíritu de fe obedezcan al Superior General como representante de la autoridad de Dios y de la Iglesia; valoren su servicio e intercedan por él.[169]

 

6.      El Superior General velará por el buen funcionamiento de  las células y de la cadena pastoral dentro de la Comunidad.

 

7.      La calidad de nuestra vida comunitaria depende de todos, pero es responsabilidad   del Superior que así se busque y se realice. El Superior  presida  en comunión con los hermanos. Su autoridad en dependencia de la de Cristo es animación, es servicio. Procure ayudar a que los hermanos vayan encarnando cada vez más en sus vidas el proyecto evangélico del  seguimiento de Cristo en fraternidad, al cual todos nos hemos comprometido.

 

8.      El Superior  anime, motive y promueva la vida espiritual, así como el diálogo para buscar junto con sus hermanos la visión y la Voluntad del Señor en todo lo referente a la vida interna del Instituto y a la misión. Promueva la participación de todos, la solidaridad, la fidelidad al Espíritu, valore y promueva los distintos carismas que el Espíritu da a cada uno para la construcción de la Comunidad.

 

9.      El Superior promueva la unidad, la corresponsabilidad, la creatividad, las sanas iniciativas velando por el desarrollo de todos los hermanos para que sean personas adultas, maduras y libres que llevan en su corazón la Ley del Señor, dejando que el Espíritu Santo vaya construyendo y perfeccionando la unidad, la comunión con Dios y de unos con otros en Cristo, no como algo impuesto desde fuera sino como una realidad espontánea que surge desde dentro y que es fruto del mismo Espíritu que habita en los corazones.

 

10.  El Superior General sea firme y vele juntamente con el Consejo por la observancia regular y la justicia.[170]

 

11.  Su servicio como Superior General será evaluado por parte del Consejo, así como en su vida personal podrá ser acompañado por un hermano que él elija.

 

12.  Los hermanos no publiquen escritos que se refieran a fe y costumbres sin licencia de su Superior General; éste, por su parte, anime a los religiosos a ejercitar sus carismas y difundir todo lo que glorifique a Dios y edifique al pueblo, buscando en todo la excelencia.

 

 

ART. 56     VICARIO GENERAL.

 

1.      El Vicario general es un hermano de votos perpetuos que elegido por el Capítulo General ayuda  al Superior General en su servicio.

 

2.      Siempre que el Superior General esté impedido para ejercer su oficio, el Vicario General hace sus veces con potestad ordinaria, sin embargo, guárdese de usar sus facultdes contra la mente y voluntad del Superior General.

 

3.      Participa como miembro del Consejo General con voz activa y pasiva.

 

4.      Realice en comunión con el Superior General o en su nombre la visita canónica a cada casa de la Hermandad.

 

5.      Ayude al Superior General en todas sus funciones para que estas sean realizadas con excelencia.

 

6.      En caso de muerte del Superior General, de renuncia o privación de su cargo, el Vicario General lo sustituye plenamente hasta la elección del nuevo Superior General.

 

7.      Como Discípulo de Jesús, en funciones de gobierno ha de buscar ante todo la voluntad de Dios, el bien de toda la Hermandad, procure ser hombre de iniciativa, busque principalmente servir en unidad con el Superior General.

 

8.      En caso de que el Vicario estuviese  impedido, quien le supla será el primer consejero.

 

ART. 57         EL CONSEJO GENERAL

 

1.      Jesucristo mismo es quien nos gobierna a través del Consejo General presidido por el Superior General.  Está integrado por el Superior General, el Vicario General y los  tres Consejeros. Todos los hermanos deben ser de alianza perpetua.

 

2.      Los miembros del Consejo ante todo son Discípulos de Jesús, hermanos entre sí, seguidores del mismo Maestro; trabajando unidos, deben tener confianza y apertura para animarse y corregirse mutuamente[171]. La unidad en el Consejo es de gran importancia para la vida de la Congregación. No podrá haber unidad en la Hermandad si no la hay entre sus dirigentes.

 

3.      Celébrese el Consejo General al menos cada mes y siempre que le pareciere útil al Superior General.

 

4.      Por la importancia que revisten éstas reuniones para la marcha de la Hermandad, no se hagan con precipitación, sino en oración, en diálogo y en discernimiento, buscando la visión, la Voluntad y la dirección del Espíritu.  Que se pueda decir: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido”[172]

 

5.      En el Consejo General, trátese todo lo concerniente al bien espiritual y temporal de  cada hermano y de toda la Hermandad, así como  lo relacionado con todas las etapas de formación; lo referente a la vida fraterna, a la actividad pastoral, a los ministerios, etc. Tómense las decisiones que, según Dios, sean las más convenientes.

 

6.      Comuníquese previamente a los hermanos del Consejo, en cuanto sea posible, lo que se va a tratar en la siguiente sesión. Ellos , a su vez, pueden proponer lo que juzguen  conveniente para bien de la Hermandad.

 

7.      Los hermanos del Consejo, dejándose animar por el Espíritu Santo y a semejanza del Buen Pastor deben:

 

a)      Procurar el crecimiento y el bienestar de todos los hermanos; buscar que todos crezcan en rectitud y santidad; actuar con amor y misericordia, sabiendo equilibrar la compasión con la firmeza y la disciplina; animar y estimular la participación de todos para que se sientan integrados y corresponsables.

 

b)      Evaluar, planear, supervisar, tomar decisiones; fomentar la unidad, al mismo tiempo que el legítimo pluralismo; resolver problemas y conflictos entre los hermanos, cuidando que en todo se proceda con justicia, que se obedezca y se sirva fielmente al Señor.

 

8.      Normalmente el Superior General no tomará decisiones por su cuenta que afecten a la Congregación sin el consentimiento del Consejo. Sin embargo cuando en el diálogo fraterno no se llegue a un acuerdo mayoritario, le corresponde al Superior tomar la decisión última, evitando los dos posibles extremos:  el autoritarismo y la permisividad.

 

9.      El Consejo hará uso del voto consultivo o deliberativo según la naturaleza del caso de acuerdo con el derecho común y el propio.[173]

 

10.  Los hermanos del Consejo no deben ejercer tiranía sobre los demás hermanos. Se les nombra para que a ejemplo del Señor Jesucristo ejerzan su servicio dirigiendo y velando con celo por  la buena marcha del Instituto, de acuerdo con la Voluntad de Dios a quien tendrán que rendir cuentas de su administración.[174]

 

11.  Corresponde al Superior General, con el consentimiento del Consejo, nombrar o cambiar a los Superiores de cada casa y a los encargados de ministerios, después de una oportuna consulta previa a los hermanos de la casa.

 

12.  El nombramiento de Superiores de cada casa y de encargados de ministerios, hágase inmediatamente después del Capítulo General.

 

13.  Para auxiliar al Superior local, nómbrese un Vicario.

 

14.  El Consejo General asume las líneas de acción para el trienio dadas por el Capítulo General.

 

15.  Comuníquese oportunamente a los hermanos de cada casa las decisiones que para bien del Instituto se hayan tomado en el Consejo. Los miembros del Consejo están obligados a guardar secreto si el asunto tratado en el Consejo  así lo requiere[175].

 

 
ART. 58     EL SECRETARIO GENERAL

 

1.      El Secretario General es un hermano de votos perpetuos que por su capacidad, madurez y prudencia es designado por el Superior General con el consentimiento de su Consejo.

 

2.      El servicio que realiza lo desarrolla en los siguientes aspectos:

 

a)      Todo lo relacionado con las actas de las reuniones del Consejo General y acuerdos del Superior General.

b)      Ser apoyo del Superior General en todo lo que concierne al trabajo de oficina.

c)      Recordar los acuerdos y tareas ya tratados a los implicados.

d)      En todo lo relacionado con el archivo, cuidado y orden general de documentos del Instituto y de cada hermano.

 

3.      El secretario en razón de su oficio, tiene voz y no voto, si no es miembro del Consejo; y parte importante de su labor es guardar cuidadosamente secreto de lo tratado en el mismo Consejo[176].

 

4.      Podrá ser confirmado en su cargo por varios trienios sucesivos.

 

5.      El Secretario General podrá contar con el apoyo de un hermano que le ayude en su servicio.

 

 

ART. 59     EL ECÓNOMO GENERAL

 

1.      El Ecónomo General[177] deberá ser un hermano de votos perpetuos.

 

2.      Podrá ser confirmado en su cargo por varios trienios sucesivos, según pareciere al Superior General con el consentimiento de su Consejo.

 

3.      No deberá administrar de manera autónoma sino bajo la dirección del Consejo General.

 

4.      Deberá acudir al Consejo siempre que se le llame para rendir cuentas de su administración y formalmente presentar su informe cada mes.

 

5.      El Ecónomo General será auxiliado por dos hermanos nombrados por el Superior General, con el consentimiento de su Consejo.

 

6.      El Ecónomo con su equipo formarán el Consejo económico del Instituto, el cual deberá trabajar en subordinación al Consejo General, informándole fielmente acerca de su administración.

 

7.      Tanto el Ecónomo General, como los locales, administran en nombre de la Iglesia y del Instituto buscando la promoción del Reino de Dios. En ello reside la dignidad y responsabilidad de su oficio y el sometimiento al derecho universal de la Iglesia.             El Ordinario del lugar tiene derecho a ser informado.

 

8.      Los ecónomos deben jurar honestidad y fidelidad en el desempeño de su oficio, antes de iniciar la gestión.

 

9.      Funciones detalladas del Ecónomo General:

 

a.       Orar continuamente dando gracias al Señor por su providencia y solicitar siempre su generosidad para que siga favoreciendo y multiplicando en frutos su Obra entre nosotros.

 

b.      En apoyo de los ecónomos locales y de su equipo, velar por las necesidades de alimento, estudio, enfermedad u hospitalización de todos los hermanos.

 

c.        Llevar un control detallado de los ingresos y egresos monetarios de la economía general.

 

d.      Coordinar en forma eficiente y a través de los ecónomos locales, el adecuado registro en los libros de diario, en cada una de las casas.

 

e.       Procurar lo mejor posible y bajo la guía del Señor, la obtención de donativos, tanto para cubrir necesidades básicas como para apoyar los muy diversos proyectos de la Hermandad, tales como:

-         Fundaciones

-         Construcciones

-         Mantenimiento a las casas

-         Viáticos por misiones o estudios

-         Etc.

 

f.        Preparar y presentar al Superior General y al Consejo un informe detallado del estado de la economía general de la Hermandad, en los plazos que le sean estipulados. Realizará el reporte lo más completo, entendible y gráfico posible.

 

g.       Coordinar todo tipo de actividades que esta administración requiera en torno a   informes a los gobiernos eclesiástico y civil, siempre bajo la guía del Superior General y el Consejo.

 

h.       Al menos una vez al año, organizar e invitar a nuestros bienhechores a una Misa con especial intención de agradecimiento por su ayuda a la Obra que Dios nos encomienda. Puede incluirse una convivencia al término de la misma.

 

10.  Es muy importante que promovamos la cultura del agradecimiento y el sincero reconocimiento a quienes por bondad de Dios apoyan con sus recursos espirituales y materiales nuestra Hermandad.

 

 

ART. 60         LA COMUNIDAD LOCAL

 

1.      Es en la Comunidad local donde se realiza de una manera más concreta la fraternidad, donde nos responsabilizamos unos por otros para responder juntos al Señor, siendo:

 

a)      Una Hermandad de fe, de esperanza y de amor teologales, es decir, una fraternidad de oración ante Dios.

 

b)      Una Hermandad de vida evangélica que vive diariamente y de manera renovada su consagración a Dios en la virginidad, la pobreza y la obediencia de Cristo.

 

c)      Una Hermandad apostólica y de servicio, que desempeña los distintos
ministerios según el carisma propio de nuestro Instituto, encarnada en la Iglesia local.

 

d)      Una Hermandad de amor con relaciones interpersonales centradas en Cristo y en su Espíritu y que, por lo mismo, deben ser en la verdad, en la rectitud y en la luz.

 

e)      Una Hermandad vocacional, que promueve y acoge las nuevas vocaciones para nuestro Instituto y que con su testimonio de unidad y amor fraterno es signo que atrae a los jóvenes a abrazar este estilo de vida.

 

2.      Cada casa debe funcionar de manera que se favorezcan las relaciones fraternas. El número de hermanos en cada casa no debe ser inferior a cinco ni mayor de diez, siendo ideal que sean siete, ya que cada casa forma una célula.

 

3.      Cada hermano en la Comunidad local debe compartir:

 

a)      Su fe. Viviéndola, expresándola y comunicándola a  sus hermanos.

 

b)      Su fraternidad. Viviendo relaciones interpersonales de verdadera amistad en Cristo, dando testimonio de unidad fraterna.

 

c)      Su servicio. En las labores y oficios domésticos y en la misión, en continua planificación, realización, revisión y evaluación del mismo, actuando siempre desde el Instituto y en su nombre, como enviado por él y sabiéndose en todo momento respaldado por él.

 

4.      Cada Comunidad local de común acuerdo dedicará un tiempo especial en la semana a la convivencia fraterna -por ejemplo el sábado o el domingo por la noche- que ayude al descanso del cuerpo y del espíritu. En esta reunión procuraremos crear un ambiente festivo en el que aprendamos a estar reunidos sin prisas; esto ayudará a fortalecer el sentido de familia en el Señor.

 

5.      La comunidad local es una fraternidad legítimamente constituida bajo la autoridad de un Superior, con vivienda fija. En cada casa debe haber lo necesario para la convivencia fraterna, para el descanso y para lo oración, por lo cual nunca debe faltar la capilla u oratorio[178]. La casa es erigida por  el Superior General con aprobación del Consejo y con el consentimiento previo del Obispo diocesano, dado por escrito[179].

 

6.      Es responsabilidad del Superior local promover la vida espiritual, las relaciones fraternas y la excelencia en el servicio, de acuerdo con lo establecido por el derecho común y el propio.

 

7.      Para cada casa será nombrado, por el Consejo General, un Vicario que auxilie y apoye al Superior en el gobierno de la misma y los supla en sus ausencias.

 

8.      Todos los hermanos deben estar adscritos a una casa del Instituto; estos, fieles al Señor y a la vida fraterna, no se ausenten de la casa sino con permiso de su Superior[180].

 

 

ART. 61     EL SUPERIOR LOCAL

 

1.      El Superior local será un religioso que tenga al menos tres años de profesión perpetua en nuestro Instituto, nombrado por el Superior General, con el consentimiento de su Consejo.

 

2.      El Superior local dedíquese diligentemente a su oficio y, en unión con los hermanos que se le  han  encomendado, procure edificar una Comunidad fraterna en Cristo, en la cual, por encima de todo, se ame a  Dios y sea rica en buenas obras[181].

 

3.      El Superior procure, por medio del ejemplo y la exhortación, animar a los hermanos al ejercicio de las  virtudes y a vivir según el estilo de vida que nos marca el Señor en su Palabra y en nuestras  Constituciones[182]. El Superior, buscando por encima de todo la caridad, ayude a los hermanos en sus necesidades, cuide con solicitud a los enfermos, corrija a los desordenados, consuele, anime y tenga paciencia con todos.

 

4.      El Superior local tenga presente que su primera obligación es atender con solicitud a la vida de la fraternidad que se le ha encomendado, por lo cual no acepte compromisos que le impidan cumplir con su ministerio principal.

 

5.      Además al Superior local le corresponde lo siguiente: animar con el ejemplo y la palabra a la oración personal y comunitaria, a la Lectio divina, a vivir la consagración; presidir y guiar en el nombre del Señor a los hermanos, situándose en medio de ellos para dirigir e integrar, respetando y promoviendo las cualidades de cada uno; dedicar tiempo y energías para que todos participen con madurez de juicio en el discernimiento comunitario y en la toma de decisiones; entereza para actuar como cabeza del grupo y exigir obediencia cuando las circunstancias lo pidan.; presidir la célula semanal y el Consejo mensual de la casa (en caso necesario puede delegar a otro hermano para que presida avisándole con tiempo para que se prepare); dar seguimiento a los acuerdos tomados para que se cumplan; promover el compartir, el diálogo, la convivencia, la animación y la corrección fraterna como familia en el Señor.[183]

 

6.      Los hermanos siéntanse corresponsables de la buena marcha de la casa y del Instituto; su obediencia debe ser activa y responsable, buscando en todo glorificar a Dios, crecer en su conversión, en el servicio y en la edificación fraterna.

 

7.      Los hermanos, presididos por el Superior, sean dóciles a la acción del Espíritu Santo que actúa desde el interior y nos impulsa a la oración, a la caridad fraterna y al servicio.

 

8.      Los Superiores locales serán elegidos cada tres años por el Superior General con el consentimiento de sus Consejeros y después de escuchar las propuestas de los hermanos de la Comunidad local. Los Superiores locales podrán ser reelegidos para un segundo trienio, pero para otro trienio se requiere que hayan pasado tres años sin ser Superiores. El hermano ejerce su cargo de Superior local hasta que llegue el nuevo.

 

9.      Cuando el oficio de Superior local queda vacante, el Vicario asume el régimen de la casa hasta que llegue el nuevo.

 

10.  Cuando se ausenta el Superior o se encuentra impedido, el Vicario hace sus veces, mas no efectúe ninguna innovación que sepa no va a estar de acuerdo con la voluntad del Superior.

 

 

ART. 62         EL CONSEJO LOCAL

 

1.      Una vez al mes reúnanse los hermanos de la casa para el Consejo Local, presididos por el Superior o por quien haga sus veces[184].

 

2.      Los hermanos de alianza perpetua de cada casa constituyen el Consejo local y son los que realmente tienen voz y voto. Sin embargo, también los hermanos que aún no han hecho su alianza perpetua deben ser invitados a participar, a no ser que alguna vez al Superior le pareciere que, por algún asunto especial que deba tratarse, ellos no deban estar presentes.

 

3.      El Consejo Local constituye el régimen fraterno de la casa, a tenor de las Constituciones.

 

4.      Previo a la celebración del Consejo, prepárense los hermanos ante el Señor en oración. Acudan a la reunión con ánimo, dispuestos al diálogo buscando la voluntad del Señor para la buena marcha de esta fraternidad local.

 

5.      Comiencen siempre la reunión con un tiempo de oración dejando un momento de silencio para dar oportunidad a captar la dirección del Señor.

 

6.      Al Consejo Local le corresponde sopesar, promover y planificar lo que de común acuerdo ha de emprenderse,  fomentar la vida espiritual, la concordia y la cooperación activa de todos, evaluar la vida fraterna, las obras realizadas por la fraternidad o por cada hermano, tratar los asuntos de mayor importancia y tomar las decisiones que mejor respondan a la Voluntad del Señor. Este es uno de los lugares donde hemos de aprender a practicar el discernimiento fraterno de la Voluntad de Dios.

 

7.      Los asuntos que se han de tratar en el Consejo Local son propuestos libremente por el Superior y por los hermanos. En los asuntos que han de resolverse colegialmente debe prevalecer y ejecutarse el voto de la mayoría de los profesos perpetuos. Los que aún no han hecho la profesión perpetua tienen derecho a opinar, pero no a votar.

 

8.      Las actas de cada reunión del Consejo han de ser consignadas en un libro especial por el Secretario designado en la primera sesión. El acta será firmada por los miembros del Consejo en la siguiente sesión, una vez leída y aprobada.

 

9.      El ecónomo de la casa deberá presentar al Consejo el informe mensual por escrito. Los hermanos firmen las actas de economía después de haberlas examinado.

 

10.  El libro de actas y de economía  deben presentarse al Superior General y al Visitador con ocasión de la visita canónica.

 
 
 
CAPÍTULO VIII     LA ADMINISTRACION DE LOS BIENES
TEMPORALES

 
ART. 63     DIOS NUESTRO SUMO BIEN

 

1.      Dios es el Sumo Bien. Él, como Padre Bueno, nos provee de todo lo necesario para que podamos servirle como fieles discípulos de su Hijo. En el Evangelio Jesús nos habla  del buen y del mal administrador[185], pidiéndonos ser justos, fieles  y responsables[186]. Para nosotros, Discípulos de Jesús, los verdaderos bienes  son: Dios, su Reino, la Iglesia, la Comunidad, nuestra Hermandad: por lo tanto, todos los bienes materiales (relativos) deben estar al servicio de estos bienes espirituales (absolutos).

 

2.      Todo el universo está regido por leyes espirituales que siempre se cumplen, por ejemplo: «Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura»[187].

 

3.      La administración de los bienes temporales que Dios nos confía debemos realizarla según su voluntad, con sabiduría, sentido de responsabilidad, conciencia y generosidad, para que así nos confíe los bienes espirituales que permanecen para siempre.

 

4.      Nuestro único afán debe ser siempre buscar a Dios,  promover el Reino; no hay ninguna otra  necesidad  más importante que ésta[188]. Si como Discípulos  de Jesús tenemos esto bien claro y lo vivimos no habrá problemas en cuanto al uso y administración de los mismos, así tendremos el corazón  desprendido  y los usaremos de manera correcta.

 

 
ART.  64    USO DE LOS BIENES

 

1.      Así, en la Hermandad,  como Discípulos,  cuidaremos  el modo de vivir el espíritu de pobreza, desapropiación, sencillez y dependencia de Dios:  las casas, el vestido, el transporte, la alimentación, etc. evitando toda apariencia de lujo, derroche o consumismo[189], así como la acumulación de cosas innecesarias o que no ayuden  al  pleno cumplimiento de nuestro  carisma y misión.

 

2.      Teniendo en cuenta las circunstancias de los diferentes lugares nos esmeraremos en dar testimonio colectivo de caridad  y pobreza, y en la medida de lo posible destinar algo de los bienes a las necesidades de la Iglesia y el sustento de los pobres[190].

 

3.      El Consejo de Economía será quien administre los bienes de la Hermandad según las facultades que se le otorguen por el Superior General[191].

 

4.      Ningún Discípulo podrá contraer deudas sin permiso expreso del Superior General[192] con el consentimiento de su Consejo.

 

5.      El Instituto, en cuanto persona jurídica que es, puede adquirir, administrar y enajenar bienes temporales que deben  estar  a nombre de la Asociación Religiosa, y usar de ellos a tenor del derecho común y del propio[193].

 

6.      Todo lo demás relacionado con la administración de bienes temporales se rige por el derecho universal y el propio.

 

 

CAPÍTULO IX   LA FIDELIDAD A LAS CONSTITUCIONES

 

ART.  65    NUESTRA ALIANZA CON DIOS

 

1.      Necesitamos entender nuestra consagración como expresión y vivencia de la Alianza con Dios. En el sentido bíblico[194], la Alianza es amistad, es relación  personal que supone y exige la fidelidad en el amor; cada vez más exigente y comprometedora, pero que brota desde dentro a impulsos del amor

 

2.      Nuestra Alianza con Dios es compromiso mutuo de amor y fidelidad, entrega recíproca que se basa en la iniciativa de Dios y en su llamada gratuita. Movidos por el Espíritu Santo, respondemos a esa iniciativa y declaramos pública y solemnemente nuestra voluntad de conformar nuestra vida  diaria con sus exigencias.

 

3.      Esta Alianza con Dios implica la Alianza con los hermanos que han recibido el mismo don y se han comprometido de la misma manera. Por eso, entre nosotros debe reinar una amistad que se caracteriza por la confianza mutua[195], fidelidad, sinceridad, amor, espíritu de servicio, fraternidad, respeto sagrado y lealtad.

 

4.      Esta amistad, a ejemplo  de Jesús y sus discípulos, es algo que se debe ir purificando, creciendo y  perfeccionando hasta hacerse una realidad definitiva y perpetua en el Reino de los cielos.

 

5.      Necesitamos entender nuestra vida consagrada, los votos, y la observancia de las  Constituciones con una mentalidad positiva y no legalista,  como si se tratara de un frío contrato jurídico. No se trata de  cumplir lo mandado y evitar lo prohibido. Las Constituciones son el punto de partida para seguir avanzando en fidelidad y en apertura cada vez mayor al Espíritu, por tanto, son exigencia del mismo Cristo por el compromiso con que respondimos en nuestra Alianza. Ellas son un medio para avanzar a niveles superiores en la vida espiritual.

 

6.      Dóciles al Espíritu, abracemos de corazón la dirección que el Maestro y Señor  nos da a través de las Constituciones que contienen lo fundamental de nuestra espiritualidad,  Carisma y Misión.

 

7.      Siguiendo el  ejemplo de La Virgen María Primera Discípula, y en comunión con toda la Iglesia, nos consagramos a Jesucristo y por Cristo al Padre en un mismo Espíritu

 

8.      La clave para que nuestro Instituto se mantenga siempre floreciente dando fruto abundante es permaneciendo en Cristo según el Evangelio[1].

 

9.      Sólo aportaremos algo nuevo y valioso a la Iglesia y al mundo asimilando y viviendo lo que somos: Discípulos de Jesús, con todo lo que esto implica a nivel personal y comunitario.

 

 

 

EN ALABANZA DE CRISTO:

AMÉN

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] Decreto de aprobación como APF, párrafo 6.

[2] Cf. CIC 588,2; 607

[3] Cf. VC n.14

[4] Cf. Jn 13,13s; Lc 4,18s

[5] 1Pe. 2,9-1

[6] Cf. Mc 3,13s

[7] Cf. Lc 6,40; Ef 1,10; Rm 8,29; Mt 3,17

[8] Cf. Ef 1,3-14

[9] Cf. Ga 2,19s; Fil 3,10

[10] Cf. Mt 28,18-20; Mc 16,15-18; Lc 24, 46s

[11] Cf. Ex 19,3-8. 16-25; Heb 9,15-28

[12] Cf. LG 9

[13] Cf. Jn 20,30s; 6,29; 1 Jn 1,3s

[14] Decreto de aprobación como APF, párrafo 2

[15] Ef. 6, 10-19

[16] Cfr. Can 673

[17] RD 11

[18] Cf. LG 31

[19] Cf. PO 3

[20] PC 12

[21] Cf. 1 Co 7,38

[22] Cf. VC 34

[23] Cf. Lc 20,34-36

[24] Cf. Mc 12,30; CIC 599

[25]Cf. VC 88; Mc 12,30; 1Cor 7,29-35

[26] Cf. LG  46; RD 17

[27] Cf. 1Cor 6,17-20; Sal 16,2.5s

[28] Cf. PC 6

[29] Cf. Lc14,26-27.33

[30] Cf. PC 12

[31] Cf. PC 12

[32] Cf. CIC 666

[33] Cf. CIC 667

[34] Cf. CIC 600

[35] Cf. 2Cor 8,9; Lc 14, 26-27.33

[36] Cf. Mt 19,29

[37] Cf. Mt 6,25-34

[38] Cf. Mt 13,44s

[39] Cf. PC 13

[40] Cf. Nm 18,20

[41] Cf. Ef 4,1-6

[42] Cf. 1Tim 6,7-10

[43] Cf. CIC 668

[44] CIC 669

[45] Cf. Mt 6,33

[46] Cf. PC 13;  Mc 10,42-45

[47] Cf. VC 89

[48] VC 21.

[49] Cfr. CIC 601

[50] Cf. Stg 4,6s

[51] Cf. Fil 2,1-11

[52] Cf. Ef 5,21

[53] Cf. CIC 618

[54] Cf Heb 5,8s

[55] Cf. Rm 5,19

[56] Cf. Jn 8,31-32; 2 Cor 3,17

[57] Cfr, Art. Sobre diálogo y discernimiento comunitario.

[58] Cf. VC 91

[59] Cf. Lc 9,23s

[60] Cf. 1Tes 5,12s

[61] Cf. CIC 678

[62] Cf. CIC 590

[63] Jn 6, 63

[64] Cf. PC  6

[65] Cf. Ex 25-27

[66] Cf. Hch 6,4

[67] Cf. DV 25

[68] Cf. Rm 8,26s

[69] Cf. CIC 1174

[70] Cf. CIC  664

[71] Cf. VC 14

[72] Cf. 1 Tes 5,17

[73] Cf. Stgo 4,4

[74] Cf. CIC 630, §1

[75] Cf. VC 28

[76] Cf. Jn 19, 25-21

[77] Cf. 1 Tes 5,18; Rom 8,28

[78] Cf. Rom 5,5

[79] Cf. 1 Co 13,4-7

[80] Cf. Jn 13, 34s

[81] Cf. Hch 4,32-35

[82] Cf. PC 15

[83] Cf. Pue 730

[84] Cf. Fil 2,2-5; Ef 4,1-3

[85] Cf. Lc 17,3; Mt 18,15-17

[86] Cf. Jn 12,24s

[87] Cf. Ef 4,25-32; 5, 1-5; Fil 2,14

[88] Cf. Mt 25, 35s

[89] Mt 7,12

[90] Cf. Jn 13,35

[91] Cf. Eclo. 7, 26-28; Ef. 6, 1-3.

[92] 1Tim. 5, 2.

[93] Cf. CIC  665. 667

[94] 1Jn. 1,5

[95] 1 Tes 5,19-21

[96] Mc. 3, 13; Mt. 28, 18-20

[97] Cf. VC 25

[98] CIC 673

[99] Cf. VC 72

[100] Cf. LG 41

[101] Cf. PC  8

[102] Cf. VC 72

[103] Cf. 2 Tim.1,7

[104] Cf. Pue  726

[105] Cf. Hch  2; Ef 1,3-14

[106] Cf. Pue 736. 741

[107] Cf. VC 74

[108] Cf. 1 Cor  12

[109] CIC 677

[110] Cf. Lc. 10, 2.

[111] Cf. CIC 597

[112] Cf. DTVC: Admisión (II, 1c; p. 13)

[113] Cf. Lc. 7, 47; Flp. 2,5-11

[114] Cf. Ef. 4,13.

[115] Cf. C.I.C. 578.

[116] Cf. G.S. 22.

[117] Cf. Mc. 3,13-15.

[118] Cf. Jn. 15,5-6.

[119] Cf. Para Dios y para los hombres, p. 205. Severino Ma. Alonso.

[120] Cf. D.V. 21-26.

[121] Cf. S.C. 15-17.

[122] Cf. Gal. 5,22-23.

[123] Cf. Ef. 4, 25-32; Col. 3,5-7.

 

[124] Cf. S.C. 115.

[125] Cf. Mc. 10,45; Flp. 2,1-11.

 

[126] Cf. Mt. 25, 35-36

[127] Cf. CIC 684-704

[128] Cf. CIC 642

[129] Cf. CIC 641-645

[130] Cf. CIC 641-653

[131] Cf. CIC 654-657

[132] Cf. CIC 655; 657

[133] Cf. CIC 659

[134] Cf. CIC 660

[135] Cf. CIC 657-665

[136] Cf. CIC 661

[137] Cf. EE 19

[138] Cf. CIC 670

[139] Cf. Ex 34,6; Sal 89

[140] Cf. CIC 662; PC 2

[141] Cf. Gal 2,19-21

[142] Cf. Lc 9,62

[143] Cf. Fil 4,8s

[144] Cf. Ef 6,14-18

[145] Cf. Rm 8,28

[146] Cf. Mt 5,10; Jn 15,20; 16, 4.33

[147] Cf. Mt 1,23; 19, 26; 28, 20; Fil 4,13; 2 Co 12, 9s

[148] Cf. Ibidem

[149] Cf. 1 Pe 1,6s

[150] Cf. Heb 5,7-9

[151] Cf. 1 Cor 1,23-25

[152] Cf. Ap 22, 17

[153] Cf. EE 53

[154] Cf RD 17

[155] Cf. VC 28

[156] Cf. VC 27

[157] Cf. V.C. 70; Fil 1,21

[158] Cf. Ez. 36, 26 s; Jer. 31, 33.

[159] Cf. Mc 10, 42-45

[160] CIC. 618

[161] Cf. Jn 10, 10; CIC 617-619

[162] Cf.  EE 51; CIC 631-636

 

[163] Cf. CIC 166-167

[164] Cf. CIC 119; 164-179

[165] Cf. CIC 833

 

[166]  Cf. CIC 617-630

[167] Cf. 1Pe 5,1-4

[168] Cf. CIC 618

[169] Cf. 1 Tim 5,17

[170] Cf CIC 619

[171] Cf. 1 Pe 5,3

[172] Hch  15,28

[173] Cf. CIC 127, 166 y 627

[174] Cf. Mt 25,14-29; 1 Pe 5,3

[175] Cf. CIC 127 §3

[176] CIC.627 párrafo 3

[177] Cf. CIC 636

[178] Cf. CIC 608

[179] Cf. CIC 609- 612; 616

[180] Cf. CIC 665

[181] Cf. CIC 619

[182] Cf. 1 Pe 5,1-4

[183] Lo que se dijo del Superior General en el Art. 25 se aplica a los Superiores locales en su respectivo nivel.

[184] Lo que se dijo del Consejo General en el artículo correspondiente, se aplica al Consejo Local en su respectivo nivel.

[185] Cf. Lc 16,9-12

[186] Cf. Mt 25,21

[187] Mt 6,33. Cf.  Mt 25, 21 y Fil 4,19

[188] Cf. Lc 10,42

[189] Cf. CIC 634 §4

[190] Cf. CIC 640

[191] Cf. CIC 636

[192] Cf. CIC 639

[193] Cf. CIC 634, 635, 1254, 1257

[194] Cf. Ex 33,11

[195] Cf. 1 Sam 19,1. 2. 17; Eclo 6,14

Avisos del Consejo General

"En la celebtación del Capítulo General de..."

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